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La bestia


Los grillos apenas anuncian con su canto ignoto que llega el alba, y ya la fila es larguísima. Para cumplir con el horario de trabajo hay que salir temprano y, además, lograr subirse a la bestia. Son muchos los interesados en meterse en sus entrañas y su espacio resulta exiguo para tamaña demanda.

Al aproximarse la hora de partida, la multitud se desespera y los empujones e insultos empiezan a escucharse, nadie quiere quedarse sin entrar al monstruo, que ya empieza a lanzar sus primeros bramidos, a traquetear y calentar sus viejos huesos, mientras el resto de sus compañeras se anima y llena el aire con un concierto de aullidos que anuncian estar listas para partir. El aire se llena de humo, sus profundidades rancias y maltratadas lanzan al exterior las purgas de una combustión defectuosa, todos en derredor se tapan las narices y empiezan a toser mientras lanzan maldiciones.

Los empujones comienzan. No hay suficientes bestias para tanta gente. Los últimos se quedarán sin transporte y llegarán tarde a sus destinos o, simplemente, nunca los alcanzarán. No es de extrañar que como última instancia empiecen a brincar sobre el remedo de transporte, se introduzcan por sus ventanas y puertas laterales o traseras, haciendo caso omiso de la fila y los gritos del jinete, quien pide en vano que guarden el orden. Tales veces, las ágiles manos de avispados ladronzuelos despojan a todo el que pueden de sus pertenencias.

 

Es público y notorio que en las entrañas de estos bichos van todos apretados porque el jinete se niega a perder ni uno sólo de los que componen su preciada carga humana, no importa que chirreen todos los goznes del animal, el que, torturado por el peso, realiza una abusiva y riesgosa faena. Claro que es aventurado. Claro que no sobran ganas de cabalgar sobre esas alimañas. Y menos da gusto pagar a su jinete por tan incomodo viaje. Pero no queda más. Resulta ser que esas son las únicas bestias de transporte que existen y, para bien o para mal, las usas o no llegas a la costa. El jinete lo sabe, así que no le importan las críticas ni la ruina de la bestia ni los riesgos que corren a diario aquellos que transporta.

Pero el ser humano se acopla a todo: a subirse por una ventana, a bajarse por las puertas de emergencia, a medio asfixiarse por la presión de otros cuerpos apiñados en las vísceras del monstruo, a ser vejado por insolentes que viajan a su lado, al calor insufrible e, incluso, a no alcanzar a bajarse en el lugar deseado por resultar imposible salir del animal mientras se detiene y empieza a trotar nuevamente.

Dice un pasajero a otro: Sabes, tengo la impresión de que estas bestias están llamadas a causar tragedias desde su nacimiento. ¿Cuántos han muerto y cuántos más morirán bajo sus patas-ruedas? Imagino que al nacer, en alguna especie de rito macabro, las pintan de rojo para malearlas. Sí, de veras, son como unos diablos rojos que todo el tiempo están planeando nuevas formas de causarnos daño.

 

- Quisiera hablar con alguno de sus dueños, preguntarle qué mal les hemos causado para sufrir tanto atropello, pero sucede que se ocultan tras estos jinetes atados a sus sillas y timones (títeres abotagados, sudorosos y doloridos de tantos viajes inclementes).

- Ahora que lo pienso, ¿no sé quién sufre más? La bestia, el jinete o los viajeros. Lo cierto es que todos sufrimos sin remedio. Yo los escucho en silencio. Grito: ¡Parada! Me reacomodo la ropa y voy a mis quehaceres.

Hoy fui de los primeros, subí al bicho y me senté entre las sillas de adelante. Inició el viaje con su acostumbrado y pesaroso gemido (siempre he creído que clama al cielo que acabe con su vida), pero allá vamos, hombres, mujeres y niños sobre el viejo animal. Y para rematar, la música arranca la poca calma que los nerviosos pasajeros guardamos. La estridencia de bocinas averiadas golpea los oídos y el jinete jura que nos hace un favor con aquel escándalo. Conozco a varios de los que van en la bestia, sin duda tienen este mismo limo visceral que me angustia cada vez que subo a este animal. Me pregunto, por qué esta cotidiana suerte que corroe esperanzas y planes, que desmoraliza sin freno y mancha el alma, y que sin duda nos hace sentir ciudadanos de cuarta, que digo cuarta, de última categoría, a todos los que por necesidad estamos obligados a subir a estos cacharros.

 

¿Te ha tocado echarte encima tus mejores ropas para asistir a una fiesta o a algún evento, y tener que trepar al cuadrúpedo de lata para trasladarte? Es de risa, ¿no? Se te quedan mirando como bicho de otro planeta, como pieza mal colocada, como sujeto extraviado. ¿Acaso has sentido lo que yo al terminar la jornada, ese fastidio sin medida ni linderos que causa el subirse una y otra y otra vez en aquella calamidad con ruedas?

Y, bueno, meter tanto la mano en las fauces del león, tiene consecuencias. Recuerdo que había llovido y que el jinete puyaba la bestia para que corriese y la bestia corría. También recuerdo que algunos le gritaban al jinete que fuese con cuidado, que frenase, pero no hacía caso. Quizás estaba cansado o borracho, ¿qué sé yo la causa de su prisa? De repente, fue el vuelco, la gritería y los llantos. Y para colmo de males, la caída por aquella loma altísima. Una, dos, tres o cuatro vueltas, y luego el silencio absoluto. No recuerdo más que aquel profundo y total mutismo. Nadie me preguntará las incidencias previas, ni cómo fueron proyectados todos. Soy uno de los que no corrió con suerte, de los que fueron llorados por sus parientes reclamando justicia. Allí quedé, tirado en el barro, la mirada vacía, tan quieto como quietos quedaron la bestia y el jinete.


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619445
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América