"A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí". La cita es de Eduardo Galeano y lo citaba la escritora Lucy Cristina Chau en otra noche aciaga para el fútbol panameño. México gana, Panamá pierde. Hablan de robo los panameños. Los mexicanos, a pesar de lo evidente, hablan de victoria, "el fútbol es así" (frase recurrente) y aquí ya se les pasará la rabia o el bochorno a todos.
Lo ingenuo es creer en el deporte, industria que mueve millones y en la que solo importa que la máquina no pare de generar dinero.
Aquella sentencia tan cívica y políticamente correcta,"lo importante es participar", hace tiempo que no se la cree nadie. Díganle la frase a la selección panameña de fútbol o a la española, sobre todo a sus patrocinadores, los verdaderos beneficiados en todo esto, a ver que piensan.
¿Cuántos panameños somos? ¿Cuántas camisetas vamos a comprar y cuántos vamos a seguir los partidos y comprar televisión por cable o nuevos televisores para ver la final y cuántos consumidores vamos a poner plata para que la CONCaCaF y la MaFIFA saquen más recursos? No compensa que un país tan chico "le robe" a un país tan grande, no su oportunidad de competir, sino la de lucrarse con la participación. Ingenuo el que crea que es un asunto nacional, de estadounidense vende juego o de desvergonzados mexicanos, o heroicos panameños. Nada de eso: es un asunto de mercadeo.
¿Ahora vamos a hacer pasar esta nueva derrota como un asunto de Estado? ¿Van a ser futbolistas nuestros nuevos héroes? Las gestas deportivas nunca han cambiado nada, son deleite de un día, escape y falsa proyección de un país. Un súbito orgullo que nos arranca una efímera alegría. En todos los deportes hay corrupción. Miren el caso de la nadadora mexicana que no quiso ponerse el traje de baño del patrocinador y se enfrenta a la posibilidad de que la saquen de por vida de la competición.
Una soberana majadería. O el desaire que después de quince años le hacen a Casillas, portero del Real Madrid, o los traspasos de jugadores de un equipo a otro y ellos tan tranquilos, besando los escudos de todos y contando la mentira de que desde chicos siempre quisieron jugar en ese equipo. Una tomadura de pelo, un negocio redondo vendiendo gorras, zapatos, medias... como el buhonero de Pedro Altamiranda.
El deporte ha perdido su épica. La última "pelea del siglo" resultó una vergüenza. Lance Armstrong engañó a medio mundo, la FIFA investigada por el FBI, las concesiones de las sedes olímpicas hechas a base de coima y las construcciones de las Olimpiadas de China hechas, como los estadios para el Mundial de Qatar, con mano de obra de seres humanos esclavizados. Pero claro, recurrimos como mecanismo de defensa a la negación, la excusa y el recuerdo ya bien lejano de lo que era la deportividad.
La mía no es una posición popular, y sé que recibiré más comentarios que de costumbre porque el deporte toca a muchos más que la cultura, que también tiene sus basuras y vergüenzas: premios dados de antemano, editores mentirosos, maledicencia entre escritores, agregados culturales esparcidos por medio mundo y que no hacen nada al igual que sus gobiernos sin política cultural.
Pero viva el deporte y sus amplios espacios en prensa, radio y televisión. Mientras, nos vamos embruteciendo, comiendo el cuento de "más deporte mejor país" cuando lo que necesitamos es estar atentos para decir ¡basta! a tanto corrupto. Panamá no está para juegos. Necesita una selección de buenos políticos, de buenos ciudadanos. Pero vi el penalti, consulté a expertos, y el veredicto fue: robo a mano armada. Eso no se hace, maldita ingenuidad, por eso cuando todos se lanzan a jugar, yo solo con mi libro, me siento a conversar.