La primera de las falacias del llamado "lenguaje con perspectiva de género", de esa monstruosidad que obliga a escribir "l@s niñ@s)", consiste en afirmar que se trata de una forma de hacer valer los derechos de la mujer, de hacer que sean reconocidas en un plano de igualdad con los varones. Bastan dos razonamientos sencillísimos para demostrar su falsedad.
Por una parte, si a las mujeres chinas añadimos las japonesas, las coreanas y las de los países de habla inglesa, la suma nos da alrededor de la mitad de las mujeres del mundo, pero resulta que no hay género gramatical ni en chino ni en japonés ni en coreano ni en inglés, o sea que las pobres mujeres de la China, de las dos Coreas, del Japón, de Jamaica, de la Mancomunidad Británica, de los territorios insulares de Estados Unidos y de Inglaterra, más las liberianas y las tonguenses no tienen esperanzas de redención igualitaria porque carecen de un medio lingüístico para luchar por alcanzarla.
Por otra parte, resulta que los países donde las mujeres ocupan cada día más puestos importantes en la empresa privada y en el gobierno son países cuyos idiomas que tienen género gramatical, como Francia, Dinamarca, Noruega, Suecia y Alemania. Más de la mitad de las mujeres que son primeras ministras actualmente lo son de países cuyos idiomas tienen género gramatical, pero donde a nadie se le ocurriría "loslasear".
En esos países no sólo existe esa igualdad en el trabajo público y privado, sino que, además, el hombre comparte los oficios domésticos, al punto de que es frecuente que sea la mujer la que trabaje mientras el varón se ocupa de los niños, de lavar la ropa, barrer y trapear, hacer las compras y cocinar. Ahora más que nunca es un hecho común puesto que la globalización se ha encargado de dejar a muchos millones de varones sin empleo, y aunque se esté desempleado, el problema de vivir no desaparece. Sin embargo, allí no hallaría nunca cabida el salto retrógrado del loslasismo. Son lo suficientemente inteligentes para saber que, a la larga, ese "lenguaje con perspectiva de género" deja a la sociedad sin perspectivas.
En la actualidad, en un grado superlativo, la moda, el cine, las revistas y la televisión presentan a la mujer como un objeto de placer. Los desnudos femeninos se cuentan a razón de cien por cada desnudo de varón, y la moda intenta descubrir cada vez más las partes que antes representaban el pudor y el respeto, pero el loslasismo crece y prospera en mentes que no se preocupan por esas nimiedades o que más bien las interpretan como una liberación.
Si nos remontamos a los primeros brotes maravillosos de la defensa de la mujer, nos encontramos con que el Renacimiento es rico en filósofos y pensadores de ambos sexos que llegan incluso a poner a la mujer por encima del varón, como es el caso de Henricus Cornelius Agrippa con su magistral obra Acerca de la preeminencia del sexo femenino y Christine de Pisan con La ciudad de las mujeres, y muchos más, pero ninguno evita el plural masculino.
Agrippa, por ejemplo, con una gracia singular, escribe que el nombre de Adán significa tierra en tanto que el nombre de Eva significa vida, de lo que infiere que la mujer es superior al hombre, como lo hace también con múltiples ejemplos a lo largo de esa magnífica obra. Entre otras cosas, Agrippa fue consejero y astrólogo de Carlos V, y también embajador de Maximiliano I ante Enrique VIII.
Margarita de Navarra en su Heptamerón no esquiva nunca el plural masculino a lo largo de centenares de páginas, como tampoco lo hicieron la poetisa italiana Gaspara Stampa (que Rilke admiró tanto) ni Madame de Staël ni Louise Labé, consideradas respectivamente la mejor prosista y la mejor poetisa de la literatura francesa de su tiempo.
Desde los humanistas italianos hasta Cervantes, se observa claramente una voluntad de rescate de la mujer, un respeto nuevo y sobrio, un reconocimiento de su valor y de su derecho a trazarse la vida que quiera, pero ninguno de esos filósofos, ninguno de esos pensadores y ninguno de esos escritores podría considerar concebible que el plural masculino de la gramática es un desdoro.
Ahora bien, de más está decir que la importancia y la preeminencia de la mujer incluyen, como uno de los primordiales atributos, su capacidad de dar vida, el aspecto de madre que todas tienen en potencia o realmente, en tanto que el papel del hombre en la procreación es más bien tangencial; los sentimientos y la vocación que acompañan a la maternidad hacen que la mujer madre sea capaz de toda clase de sacrificios y de cualquier tipo de lucha por sus hijos.
Si no sólo es deber de toda madre, sino también una exigencia de sus instintos, velar por la mejor educación y la más sólida y sana formación de sus hijos, ¿cabrá entonces permitir que, con esa farsa imbecilizadora, al hijo amado lo priven para siempre del debido desarrollo intelectual, de la posibilidad de convertirse en un ser útil y distinguido mediante el estudio y la familiaridad con la tradición literaria, artística y científica que, además de tener a su alcance, tiene que poder asimilar?
La maternidad, el idioma y las nuevas caras del oscurantismo
En la actualidad, en un grado superlativo, la moda, el cine, las revistas y la televisión presentan a la mujer como un objeto de placer. Los desnudos femeninos se cuentan a razón de cien por cada desnudo de varón, y la moda intenta descubrir cada vez más las partes que antes representaban el pudor y el respeto, pero el loslasismo crece y prospera en mentes que no se preocupan por esas nimiedades o que más bien las interpretan como una liberación.