Hay que descontar puntos a los cines que dicen consentirte, si a la salida te obligan a subir más escaleras de las que prefiere tu rodilla y luego, bajar más escaleras que molestan mis rodillas. Otra de las desventajas de cualquier cine por muy VIP que sea es la lejanía de los servicios sanitarios (en casa te puedes robar la segunda en un santiamén). Orinar a tiempo y sin testigos es una de las exigencias de la edad madura.
Ah, pero la ventaja indiscutible del cine: no te rebanan una escena dramática para colarte un comercial. Es desconcertante ver a Julia Robert en desigual lucha contra la contaminación de una fábrica, interrumpida por un fanático que aspira las medias usadas de su ídolo. Por cierto, el cine remacha algunas cuñas, pero sólo antes de la función.
El “uppercut” que impondría una decisión de la TV sobre el cine es que en el cine puedes ver una película, y no hay de otra, estas ojiatado. Si resulta un bodrio aguántate callado. La TV ofrece mil opciones, entre las rabietas que provocan las noticias y las cuarenta carcajadas diarias de “Two & a half men”.
Nunca criticaré que en favelas, casas brujas o cuchitriles de miseria, entre alacenas vacías y muebles miserables, destaque un magnífico televisor. Es absolutamente necesaria esa ventana a los mundos bellos y generosos, dramáticos o salvajes, mediocres o sublimes, que les son tan extraños. Si yo fuese más pobre, de todas maneras tendría un televisor, así tuviera que pagarlo real a real. Es la máxima distracción que nuestros tiempos pueden dar a la pobreza. No me vengas con que hay necesidades materiales, objetivas que deben primar (alimentación, salud, educación, y un sinnúmero de etcéteras idiotas). También somos inmateriales, y más que nada subjetivos, sobre todo cuando, hipnotizados, miramos la pantalla; entonces, por la fuerza y magia de la imagen y del sonido, podemos evadir fácilmente el hambre que gruñe; y nos sabrá a gloria el pedacito de pan y la sopita de cebolla; y quizá olvidemos momentáneamente el terror de la violencia, porque podremos escapar por ese hueco luminoso que alimenta sueños multicolores.
Este análisis es de un hombre más que maduro y casado que prefiere no abandonar su territorio. Para jóvenes solteros, la fresca penumbra del cine seguirá siendo el aliado ideal para tomar la mano de su invitada y, si es posible, robarle un beso.