Cuarenta minutos. Un poco más de media hora. Dos mil cuatrocientos segundos. Apenas un parpadeo. Y la ciudad brillante, con sus rascacielos de cristales verdes, azules, dorados, y con sus inmensos centros comerciales, se va al garete.
Juas. No. Fíjense que no. No es gracioso. En realidad es preocupante. Y aunque estos días ha habido muchas voces que se han levantado para señalar lo mismo, no he podido dejar de escribir yo también del desastre que fue la lluvia torrencial del lunes pasado.
Dios es panameño. Estamos fuera del circuito de huracanes. Aquí no hay terremotos, por eso el Canal se construyó por Panamá. Son frases que he oído una y otra vez. La gente las repite con un deje de orgullo pendejo en la voz y se recuestan nuevamente a dormir en los laureles.
Aquí nunca pasa nada. La naturaleza ha sido generosa con los panameños. Ya. Pero a veces pasa. Y es entonces cuando todo el mundo se echa las manos a la cabeza. Cuando los tuits histéricos copan las redes sociales. Cuando se desploman los postes de luz con miles de cables, que deberían estar soterrados desde hace años. Cuando las cañerías mal diseñadas no dan abasto para desalojar la tromba de agua. Cuando las alcantarillas rotas, llenas de basura y cubiertas de cemento no pueden hacerse cargo de semejante palo de agua. Es entonces cuando los habitantes de la muy noble y muy leal se echan las manos a la cabeza.
Se me cansan los dedos de repetirme en los aullidos. No es la primera vez ni será la última que escribo cosas como ésta: la naturaleza no es una madre, es una madrastra. Y antes o después nos la juega. En un país donde la lluvia es el pan nuestro de cada día y que, por mucho que digamos, no es raro que haya una tromba de estas, es alucinante que nada esté diseñado para hacerle frente a estas situaciones. O sea, no es como si viviésemos en El Cairo, ¿no? Allí yo podría entender que se asustaran si lloviera… pero ¿aquí?
Aquí somos muy chulos, aquí nunca pasa nada. Aquí cortamos los árboles de las laderas porque nos quitan vistas y nos traen bichos, sin darnos cuenta de que sus raíces son todo lo que nos separa de la avalancha de tierra. Aquí echamos la pintura y el cemento que nos sobran por la cañería, sin pensar que antes o después esa cañería restringida y medio cerrada nos devolverá, en compensación, litros y litros de agua para que veamos qué hacemos con ellos. Aquí no se construyen las alcantarillas pensando en un clima tropical, sino pensando en pajaritos preñados.
Pero lo peor no es eso, lo peor es que el día menos pensado va a ocurrir una catástrofe. Lo peor es que un día, en una de éstas, va a morir gente, mucha gente.
Se siguen cortando manglares para hacer barriadas. Seguimos pensando que a nosotros nunca nos va a pasar nada. Nos dejamos embaucar por el brillo y el oropel sin caer en cuenta que el papel crespón y el pan de oro no son capaces de protegernos. Panamá es un país bendecido, es cierto. Pero eso no quita para que nosotros debamos empezar a pensar en cuidar a nuestros hijos. Porque aquí no va a dejar de llover en un futuro cercano, y si seguimos así, ese futuro lo veo negro.
No quiero ser agorera, pero probabilidades hay de que la estupidez colectiva sea la responsable de una tragedia. Por no planificar. Por no pensar. Como siempre.