Su madre la mantenía en una prisión de cristal para que nada la lastimara. Era su tesoro. Pero ella quería salir, ser como los demás jóvenes, divertirse. Siempre se las ingenió para lograrlo.
Con el pasar de los años, Lola se envolvió en un manto de rebeldía y comenzó a estar en contra de todo lo que se le decía, “bueno o malo”, no importaba, la idea era llevar la contraria. Se mantuvo así, hasta que llegó la época de la razón. Por este tiempo se enamoró del chico más hermoso que había conocido, realmente era un sueño: amable, cariñoso, comprensivo…
y, además, guapo.
En realidad no era la primera vez que alguien le robaba el sueño a Lola. La primera vez que le gustó un chico tenía doce años. Esos eran los buenos tiempos; tenía de donde escoger, uno de ascendencia asiática, muy inteligente, uno poco aplicado, pero muy guapo con unas cejas muy pobladas y unos labios bien delineados; otro que cada vez que la veía le descargaba una serie de halagos que ella se preguntaba de dónde sacaba tanta creatividad. Nunca supo por cuál decidirse, todos tenían algo que le agradaba.
Llegaron los catorce y el jardín ofrecía una variedad más amplia, ahora la elección era más compleja. Llegó un momento que hasta le comenzó a gustar alguien que admiraba a una de sus mejores amigas, su amiga nunca se lo imaginó, al final del año se lo confesó al adonis, sin esperanza alguna, por supuesto.
Cuando llegó a la llamada edad de las ilusiones, compartía aula con un jovenzuelo que se creía el galán de los galanes, la verdad no era tan apuesto, pero tenía el corazón de un colibrí que, al parecer, volvía locas a todas las chicas. Ella nunca pensó que estaba en la lista de cacería de este cristiano; sin embargo, así era.
Un día encontró una carta entre sus cuadernos que decía muchas cosas que a esa edad parecen hermosas, pero que al madurar son un montón de cursilerías sin fondo ni sentido. No cabe la menor duda de que ese era el primer ardid para enredar una mente que se creía mucho más inocente de lo que era.
Resulta que como ella no le hizo caso, un día esperó el momento justo y la apretó contra su pecho y en medio de manotazos le robó un beso, que realmente no dejó un buen recuerdo en aquella, pues sólo recordaba cómo le absorbían los labios y al mismo tiempo la embarraban de saliva con la lengua. No fue la mejor de las experiencias para el primer beso.
La primavera llegó. Y con ella, alguien que despertó en Lola nuevas sensaciones. El verdadero amor, pensaba Lola. Eran sensaciones que jamás había experimentado, cosquilleo en el estómago, un aceleramiento en el corazón, manos frías y temblorosas y hasta un ligero blanqueamiento de las ideas cada vez que veía a aquel muchacho. Era como si la desconectaran del mundo real. Todos esos signos físicos estaban entremezclados con una pureza y una ternura que nunca más volvió a experimentar. Por fin tocó el cielo cuando aquel joven se animó a darle el primer beso de la relación. Por supuesto que había kilómetros de distancia con aquella primera experiencia. Le sucedía algo muy diferente, quería que la besara una y otra y otra vez.
Pasó algún tiempo y jamás imaginó que su príncipe azul le estaba montando unos cachos que la pobre no podía con ellos. Y como en este mundo no hay nada que quede oculto, para suerte de ella, un día cualquiera se subió en un bus y se encontró con aquel, abrazando y rellenando de besos a una muchachita que, por cierto, nunca supo por qué, mi amiga le tocó el hombro a su fogoso acompañante. Murió así la ilusión del primer amor, pero asombrosamente, ella superó muy rápido aquel infortunado encuentro.
Entre buenas calificaciones, buenos compañeros y el desorden de los años de la juventud, le tocó esta vez estar sentada a la diestra de un chico que, aunque nunca fueron novios ni nada por el estilo, para ella fue especial. Él la miraba con una ternura, con esos ojos chocolatotes claros que jamás olvidará. En una ocasión, él le pidió prestada una sortija y se la puso en su dedo meñique. ¡Huy!, qué emoción. Resulta que la madre de éste tuvo que armar una batalla campal con agua y jabón para poder sacarla y entregársela de vuelta a Lola. Aunque compartieron muchas cosas bonitas, nunca pasó de ser una relación platónica, pues al final terminó siendo novio de otra.
Lo bueno de la vida es que esta no se detiene, con buenas y malas experiencias, siempre sigue su curso.
Con la llegada de la cédula a las manos de Lola, llegó también la universidad, otras amistades y, por supuesto, nuevos galanes. Conoció, por esos tiempos, un estereotipo de Bratt Pitt, al estilo interiorano, tan hermoso como machista. Resulta que se hicieron novios, pero como el mundo siempre ha sido pequeño, no se imaginó que este galán ya había sido novio de una compañera de la universidad. Y como en las conversaciones de pares siempre salen a flote los novios y novias, un buen día se descubrió el tamal, bueno, en realidad tamalote. Aquel galanazo era padre de dos hermosos niños y andaba sólo en busca de aventuras, para variar la comida de casa. Aunque la noticia no fue buena y enfrentarlo para la confesión tampoco, ella lo tomó de una forma muy madura y se apartó de él, al mejor estilo de si te he visto no me acuerdo.
Por fin llegó el tiempo en el cual Lola trataba de organizar sus prioridades y trató de mantener aislada la idea de enamorarse, pero cuando más se trata de estar alejado del pecado, las tentaciones siempre rondan, y fue eso, justamente, lo que a Lola le pasó. Cuando más sumergida en sus estudios se encontraba, conoció a un muchacho. El más importante de su vida. Aquel que amaría siempre, aún a través de la distancia. La pobre jamás imaginó que ese día que dijo sí, adquiría el reto más grande de su vida. A pesar de la felicidad de ambos, Lola siempre tuvo la impresión de que su amado le ocultaba algo. Sólo siete años duró la plenitud. El octavo año, el amado de Lola se fue y la dejó sin explicación alguna. Ella, a duras penas, pudo superar la situación, pero nunca comprendió aquel abandono inesperado. Algún tiempo después, Lola comenzó a sentirse mal y luego de ciertos exámenes, sus oídos escucharon algo que jamás imaginó: tenía sida. Su mente quedó perturbada por la noticia, fueron muchos los pensamientos encontrados hasta que por fin un recuerdo pudo conectar su pasado con su presente: había descubierto por qué su verdadero amor la había abandonado. Él la había contagiado, pero su cobardía superó al amor.