Desde los tiempos de los libros sagrados de la India, desde los primeros poetas chinos y desde las épicas homéricas hasta finales del siglo XIX, en ninguna parte se concebía educación que no comenzara por el dominio del idioma.
Confucio decía que, cuando todo andaba mal en un país, lo primero que había que hacer era "poner las palabras en su lugar". Sócrates situaba en los 18 años la edad en que se comienza a poder razonar, sin duda, porque a esa edad sus compatriotas ya habrían tenido tiempo suficiente para dominar la lengua griega. Hace exactamente siete siglos, Dante Alighieri publicó un tratado sobre la necesidad del más alto nivel de ilustración en el habla de los idiomas derivados del latín que se convertirían gradualmente en lenguas cultas.
Erasmo de Rotterdam insistió en la debida adquisición del idioma en todos sus libros sobre educación y, ya en nuestros tiempos, el filólogo alemán Ernst Robert Curtius nos recuerda que "desde Carlomagno hasta Petrarca, la escuela fue escuela de idioma".
Albert Einstein, que es, sin duda, mejor conocido que los susodichos, y cuyos juicios nadie se atrevería a poner en duda, advirtió en su autobiografía que fue la familiaridad con las grandes obras del pasado lo que hizo posible salir de la oscuridad de la Edad Media. Decía también que no basta con enseñarle a un hombre una especialidad, porque si sólo adquiere esa especialidad no pasará de ser "una especie de máquina útil", y recalcaba la necesidad de llegar a adquirir una comprensión cabal de los valores, de la tradición, porque alguien que tenga únicamente conocimientos especializados "se parecería más a un perro bien entrenado que a una persona desarrollada armónicamente".
Como una y otra vez lo vemos confirmado en la historia de la humanidad, estas grandes verdades dejaron de ser aplicadas en las civilizaciones del pasado justo cuando comenzaba su decadencia política, y la degradación del lenguaje siempre precedió a la caída de los imperios, lo que, por cierto, debería ser mucho más alarmante para países pequeños y débiles que, más bien, han sido pasto o juguete de imperios.
Sin embargo, con la moda de imitar a los ricos del norte o de someterse a consignas hegemónicas de los países europeos más industrializados, desde hace poco más de cuarenta años se ha ido dejando a un lado la suerte del idioma, se ha optado por "democratizar" la educación a base de rebajar la calidad de la enseñanza e ir generalizando un nivel imperfecto y mediatizado de lo que debe constituir una verdadera formación.
No faltan quienes dicen que el estudiante no gana nada leyendo las grandes obras de la literatura, y nuestros "pedagogos" saltan de júbilo cuando les cae una donación de computadoras o de programas de educación audiovisual, o inauguran un aula con equipo que permita acceder a Internet en un aula, sin tomar en cuenta lo audiovisual sólo transmite información y, para que sirva, hay que entenderla y asimilarla, lo que sólo es posible si se domina el lenguaje.
Cabe añadir que los libros enseñan a comprender no sólo lo que se lee sino lo que nos rodea. La capacidad de comprensión se hace más abarcadora a medida que el dominio del idioma se acentúa, y un idioma es, ante todo, un cuerpo de palabras que se unen ordenadamente para comunicar algo. La lengua rudimentaria de la primera la niñez no basta para comprender ideas abstractas que son, en fin de cuentas, lo más valioso de la tradición cultural y lo más decisivo de la tradición científica.
Ahora bien, no me explico cómo nadie se ocupa de un aspecto de la adicción a la televisión que revela su peligrosidad mucho más que el bombardeo de nimiedades y entretenimientos huecos a que somete a los niños (y a todo el que encienda el televisor a cualquier hora). Resulta que los avances de la fisiología y del conocimiento del funcionamiento de la mente nos enseñan que el lenguaje reside en el hemisferio izquierdo del cerebro, que procesa linealmente, en tanto que las imágenes (o sea lo que muestran las pantallas) se perciben a través del hemisferio derecho, que procesa en bloques. No es necesario insistir que, con la dieta diaria de televisión de los niños actuales, perfectamente es posible que se acostumbren a procesar con el hemisferio derecho y nunca puedan ni hablar racionalmente ni razonar ni pensar, que son procesos lineales.
Si el gobierno no establece deberes obligatorios para los diferentes canales y servicios de cable de televisión en términos de una proporción razonable de de espacios de programación seria, que realmente eduquen o ilustren, y si en las escuelas siguen dejando el idioma al garete y persiste la costumbre de encomendar la instrucción al reparto de fotocopias pagadas por los alumnos, e insisten en el disparate del loslasismo para que no tengan acceso a la intimidad de la sintaxis, no podrá haber futuro prometedor ni en lo material ni en lo espiritual, y no estará lejano el día en que haya que lidiar con verdaderas hordas salvajes como ya ocurre en otras partes donde la tradición está haciéndose patrimonio exclusivo de minorías exiguas.