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Lilia Fernández de Ferrer: La vida

Roba sonrisas y arranca lágrimas de ternura y comprueba que la vida de uno también es la vida de quienes nos rodean.


Estoy frente a una colcha de retazos confeccionada con emoción y gratitud y con la humildad de un pensamiento generoso. La modista, que no tiene por qué ser modesta con una vida como la suya, responde al nombre de Lilia Fernández de Ferrer. Sus generales son importantes, pero yo me quedo con el título de ser humano, y con eso le bastaría. La reconocí hace poco y me ha contado momentos estelares de su vida.

Hablar de la infancia es confiarles a otros un tiempo milagroso que siempre nos acompaña. La lectura de me ha devuelto al paisaje donde había pocas cosas y la gente era sencilla, casi transparente a la hora de manifestar emociones. En algún sentido, Lilia Fernández de Ferrer encarna esa época a la que me refiero. Siglo XX, cambalache…

Mi colcha de retazos

Nos lleva de la mano, o del ojo, sería mejor decir, palabra por palabra entregándonos un itinerario de momentos que fueron construyendo su vida, así como sus aportes docentes, ciudadanos y humanos. Testimonios, anécdotas a veces cándidas, a veces severas, pero siempre con el eje transversal de la verdad, de la vivencia y del amor por el prójimo.

Viajera y lectora, nos ofrece un retrato extendido, amoroso y vivo de Mamá Antonia, la madre de su esposo, pues no le gusta decir suegra. Quien fuera una maestra española, devino en excelente amiga y compañera de viajes… Pero si hay una historia que debiera recomendar, es la de Bienvenida Rodríguez. En este testimonio hay un credo, una manera de vivir, un ejercicio de entrega que vuelve papel mojado aquello que escriben los autores dedicados a la autoestima y otras zarandajas.

Mi colcha de retazos (Editorial Universitaria Carlos Manuel Gasteazoro, 2011) trata de un tomo cocinado con una excelente receta. Es un libro que roba sonrisas y arranca lágrimas de ternura y comprueba que la vida de una persona también es la vida de aquellos que le rodean y Lilia, como quien abre un álbum de fotografías, esas imágenes queridas nos habla de otros, que no son todos, para decirnos de ella que confiesa que ha vivido, como diría el poeta. Y lo hace acariciándonos.

Cierro esta reseña, por sobre todo modesta, con el epígrafe que la autora usa en una de las lecturas: La suprema felicidad de la vida es la convicción de que somos amados (Víctor Hugo). Entonces, a arroparse hasta donde la colcha me alcance.


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919735
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América