Lo bueno de las estadísticas es que son frías, casi nunca mienten y nos sirven de referencia para predecir, con un alto grado de certeza, lo que puede suceder. Eso también impera en el ámbito hípico.
Veamos. En el Hipódromo Presidente Remón, por ejemplo, solo basta remitirse a las estadísticas para confirmar que los entrenadores cuyos ejemplares salen regularmente positivos en los análisis de laboratorio, son los mismos.
Quienes andan por el buen camino y juegan limpio, rara vez caen a este abismo, a menos que sea por error o por el mal uso de algún medicamento con fines terapéuticos.
Estos últimos, generalmente, aceptan su responsabilidad y asumen las consecuencias.
Los otros, los avivatos, los que están en estas situaciones a cada rato suelen asumir que la fiebre está en la manta y se aferran a cuanto cabo suelto encuentren para escabullirse de la justicia.
Alegan persecución, desprestigian instituciones, cuestionan el profesionalismo de otros y se esconden detrás de una muralla de humo.
Sí, de humo. Porque aunque no se les pueda ver retratados de cuerpo entero, solo basta con verles la silueta para saber quiénes son.
Pueden irse por la puerta de atrás, asidos a leguleyadas, pero la verdad científica los delata y la sanción moral y el dedo acusador de la opinión pública lo señalará siempre, aunque se escapen por esos intersticios que la imperfección humana a veces les deja abiertos.