“El grave problema fue que no se establecieron instituciones que limitaran el poder del Estado y limitaran la posibilidad de daño que los políticos pueden hacer”. Martin Krause.
Cuando el pueblo aspira hondo, capta el inconfundible perfume de la política (no tome como aromático lo de “perfume”, es un eufemismo). Nuestros ciudadanos, los que no se babean por asesinatos y violaciones, pasan la mano sobre las noticias del periódico y sienten el temblor de pudín fermentado que se cocina con los ingresos y egresos de la nación. Los discutidores de café y en los apartes de las fiestas, los suspicaces creemos poder tocar hasta el trigémino los oscuros convenios.
¿Qué comemos que adivinamos?
Creo que la sopa de ñajú tiene algo que ver. Al menos para mí. Hace un par de semanas tomé una y de pronto, ¡fuácata! comencé a escribir como un Nostradamus de Guachapalí. Mis sospechas sacaron músculos, mi simplona malicia creció como un tamboril al que le rascan la panza. Mi entendimiento se volvió implacable como el fiscal Garzón.
¿Qué me pasó? Nada, que estoy lleno de percepciones.
Ah, la percepción, ese temerario adivino que todos llevamos dentro.
Barajeo conclusiones matemáticas: nunca el Presupuesto Nacional ha sido tan gordo y siguen tan flacas las obras del Gobierno. Lástima que no podemos pinchar teléfonos, incautar documentos, sacar copias de entradas y salidas secretas (no hablo de puertas sino de dinero). Nuestros gobernantes necesitan urgentemente una gruesa dosis de pudor del bueno para que sus conciencias no reaccionen únicamente por temor a la policía (¡sopla Voltaire!).
Mi percepción se hace fuerte y atrevida: ¡Por mil demonios, cuán impune es la corrupción en este país! ¿Cómo lo hacen? No tengo la más puta idea. Mejor no saberlo. Como decía Otto von Bismarck: “Con esas marullerías pasa como con las salchichas: es mejor no ver cómo las hacen".
A raíz de la sopa de ñajú que tomé, una voz no me deja en paz: “Anda», me dice, «antes de que se tuesten tus pensamientos en los rojos carbones del silencio, describe la luz y las sombras de tus percepciones y sacúdelas al viento en una hoja de papel».
Es lo que trato de hacer.