“La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando” Picasso
Tu paleta, plancha polícroma, tan misteriosa y callada, está llena de arcoiris particulares, luces y colores de un firmamento que sólo tú, Mario Calvit, sueñas. Te sorprendí el día que te visité sin avisar. Entré callado y pude ver cómo los colores se empinaban para ofrecerse; estaban locos por embarrar el pincel y caer con maestría sobre el estirado lienzo.
Eres invencible, Mario. Has llenado tu vida de Silvia, de hijos, de rebeldía y de cuadros portentosos. Ningún pintor en Panamá sacrificó tanto por su arte. Saliste del puerto de Balboa dándole un portazo en las narices a los gringos. Sacrificaste un buen salario por tu orgullo de panameño y artista. ¡Qué bueno que fue así! Panamá ganó, ganaste tú, ganamos todos, pero sobre todo, ganó el arte. Desde entonces te enredaste con la pintura y luego te derretiste con la escultura; esa escultura tan tuya, de bronce y fuego. Mario con la flama en la mano, era símbolo de creación y libertad.
Te pillé, Mario. Detuviste en el aire un pincelazo. Llamaste a Silvia, y hablamos por los codos, las orejas y, de vez en cuando, por la boca. ¡Qué buenas pláticas tenemos siempre! Recordamos a Braulio, a los poetas César y Franco, y nos reímos de recuerdos pasados pero siempre palpitantes.
Me asomé indiscreto a tu obra en dique: un paisaje con cielo de marfil, un río de vidrio fundido, con orillas de mostaza y clorofila. Son viejos recuerdos. Me cuentas que son paisajes que se te grabaron en las pupilas y hoy, desde El Carmen, las recibe el whatsapp de la memoria. Allí los cocinas en tus fantásticos colores ocre, oro sucio y rubor de rosa.
Tu pintura es mágica. Algunos cuadros se asoman detrás del caballete. Recibo viejos efluvios de obras rondantes. Despeinadas y eróticas mujeres, asombradas de verse en cueros expuestas a la vista de tanto público. Y tus caballos, Mario, ellos me hipnotizan, son más hermosos, más humanos y más sabios que sus palafreneros. Me recuerdan los Houyhnnms de Gulliver, rodeados de Yahoos, hombres tontos.
Los cuadros que más gozo en mi casa (every day) son” “El trompetista” y “Los musiqueros” que, a pesar de su aspecto tétrico, son músicos jodedores que se ríen de su tristeza mientras tocan una cumbia a la alegría.