Es poco más de las 6:00 a.m. Apunto el control remoto en dirección al televisor y mi acción coincide con la última oración que pronuncia un panameño molesto con manifestantes que esa mañana decidieron trancar la principal carretera que da acceso al sector este de la ciudad.
“Me siento frustrado”, vocifera el ciudadano, hastiado e impotente ante tanto abuso. Seguramente el día anterior también llegó tarde a casa, porque los alzados decidieron cerrar la vía debido a que, erróneamente, entendieron que esa es la manera más efectiva de llamar la atención.
Ese ”me siento frustrado”, aunque se refería a la situación del momento, también representa la suma de una variedad de malestares a los cuales, injustamente, se ha sometido a muchos panameños, tanto en la capital, como en algunos sectores del interior de la República, por una minoría -cuyos derechos reconocemos y defendemos- pero que demoró en reconocer a la concertación y al diálogo como las únicas rutas posibles en el camino hacia la paz social.
El nivel de tensión al que hemos sido sometidos nos puede conducir a situaciones complicadas, cuyas consecuencias pudieran ser insospechadas.
Horas después del “me siento frustrado” comenzaron a escucharse amenazas de otros sectores que se sentían secuestrados por los manifestantes que llegaron al extremo de irrespetar y desconocer los derechos del resto de la población.
La verdad es que causa frustración que los recalcitrantes, los que apelan a la razón de la fuerza, los que reclaman derechos sin respetar los ajenos sean quienes estén marcando las normas de convivencia en gran parte del país, y nos lleven a una confrontación innecesaria, desgastadora e improductiva
Ya comenzamos a escuchar las primeras voces que emergen del silencio colectivo para decir basta ya, porque los derechos de unos terminan cuando se invaden los linderos de otros.