Es sabido que, aquello a lo que llamamos vida, es un algo ingobernable que se manifiesta entre el amor y la muerte; una ruta que se bifurca entre callejones custodiados por Minotauros; veredas donde aguarda la adversidad agazapada; caminos que señalan brújulas y horizontes… donde un herrumbrado signo de interrogación ciego, siega con su hoz. Haz y envés: ¿Vida?
Shakespeare en su Macbeth, Acto I, escena VI enuncia: Muchas veces tenemos por amor lo que es verdadera desgracia. Tal es así que, de cuando en cuando, me entero de historias de lo que se ha dado en llamar, por calendas, mal de amores y celos pasmados. El acto se repite y las escenas serán idénticas a lo largo de la existencia. El amor es un bolero que se baila frenéticamente al principio y con pausa dolorosa al final de la relación. En el in between todo es instrumental, música sabida. Por eso, no olvidéis mortales hacer suya la canción: Al son que me toquen bailo. Ella preguntó, como quien no quiere la cosa: ¿Morirías por mí? Y ahí me desnudé las venas.
Solo quiero que mires por mis ojos dijo con la mirada desorbitada. Y se me vaciaron las cuencas. Me indagó con macalusia hechicera: me querrías hasta que mueras. Enseguida y sin pausa empecé a cavar mi tumba. Con migas de ternura ¿Te quedarías conmigo toda la vida? Y dinamité mis puentes, borré los caminos del retorno, me descalcé el alma.
Inquirió, con aire marcial y redoble de tambor, por si estaba dispuesto a la guerra. Y, con firmeza, puse a sus pies mi arsenal y mis heridas. Me advirtió, sin espacio a concesiones: Serías solo para mí, ipso facto me olvidé del mundo.
Por amor o por desgracia, como dice Guillermo, me dejé llevar, me dejé ir y, vencido, fui de derrota en derrota hasta la derrota final… Todo con tal que me dejará tocar “un cachito de su pelo” como dice Daniel Santos.
Pero se puso telúrica, inquisitiva, turbia, fría y metálica y preguntó por mi quincena, detrás de cada dólar hay dolor... Y entonces vi a la rubia morena, sus ojos verdes se volvieron una oquedad y su cuerpo milagroso fue un pecado…
Ahí mismo se despeñó mi “poquita fe”. Y ni todos los boleros de Armando Manzanero y de Agustín Lara juntos pudieron nada… Ahora canto, hasta el desgarramiento, Ne me quitte pas versión de Jacques Brel, por supuesto.