Esto ocurrió un viernes, cuando el escritor José Carr derramaba un kilométrico discurso de presentación del libro Lucio Dante Resucita, de Justo Arroyo. Un hombre cincuentón, vestido de negro de pie a cabeza, con una maleta abultada de papeles se quedó plantado en la entrada de la sala. Era Rafael Ruiloba, quien asiste en contadas ocasiones a eventos literarios, y quien fuese también director del Instituto Nacional de Cultura –INAC- durante tres años.
Para el lunes siguiente, no acudió a la cita palabreada en la misma librería, pero esta vez en el área donde sirven café de sabores, panes y dulces de colores. Por suerte, él había dado el número celular de su hijo para que lo llamase por cualquier contratiempo. Al responder la llamada dijo que estaba en la clínica con una de sus cinco hijas. El llanto de la niña nos llegó hasta la cafetería donde se esperaba al escritor que no pudo asistir. Se acordó una nueva entrevista el miércoles, ahora en la Facultad de Humanidades, donde es catedrático de Español.
Ese miércoles, cuando ya no espera al profesor Ruiloba, porque la hora había pasado, apareció a pasos rápidos y también vestido de negro.
“Es que venía en bus”, dijo, con el saco colgando del brazo.
En vista de que el salón de Profesores estaba ocupado con grupos de trabajo de otros colegas de Ruiloba, caminamos hasta el tercer piso donde está el salón de profesores de Español.
Ese es un lugar pequeño, con puerta de vidrio y una ventana grande de vidrio que deja ver el verdor de los árboles de la colina. Allí, en el centro, hay una mesa con varias sillas, y un escritorio que raspa la ventana. También está un casillero con el nombre de los docentes, en pares, que funcionan para recibir la correspondencia que les dejan los estudiantes: en su mayoría trabajos que no fueron entregados a tiempo.
Rafael Ruiloba nació en un campo chiricano llamado Santa Cruz. Allí vivió su niñez como el resto de los niños del lugar, en las mañanas caminaba dos horas, unos 14 kilómetros, para abordar cualquier auto que lo llevara al pueblo, donde recibía sus clases de primaria.
Esa rutina de ejercicios físicos antes del aprendizaje de las tablas de matemáticas o las reglas de ortografía, la realizó hasta el quinto grado de primaria, apenas tenía 11 años.
Lo que vino fue más fácil. Ya no tenía que gastar cuatro horas en caminatas ni tampoco tenía que trabajar sembrando maíz y arroz, uno de los trabajos más sencillos de la producción agrícola. Primero los adultos tenían que tumbar los árboles, luego lo quemaban en verano y cuando caían las primeras lluvias en el mes de abril se hacía la siembra.
Para el sexto grado ya vivían en David, la ciudad más grande de la provincia chiricana. Allí aprovechó sus piernas de futbolista para otro deporte, el baloncesto. Algo que no pudo hacer en Santa Cruz porque sencillamente no había una cancha de hormigón. En la ciudad, donde no había terreno para la siembra, hubo que buscar otras formas de trabajo para ayudar con los gastos del hogar.
En David limpiaba zapatos y vendía billetes de lotería. Ese mismo Rafael Ruiloba, que hoy tiene 52 años, y que tiene un automóvil que no usa porque el año pasado tuvo tres accidentes que atribuye a un problema de visión, tenía que recorrer las calles en busca de personas que creyeran en la suerte, que siempre son más, los miércoles y los domingos, que los que pagan 25 centavos para que le limpiaran los calzados parados a un ladito de la acera –este lujo que es más de hombres que de las mujeres.
Pero cuántos trabajos informales tiene que realizar un joven, eso depende de las necesidades económicas. Rafael Ruiloba quizás por evitar la pena en su salón de bachillerato en el colegio Félix Olivares Contreras, donde también asistían estudiantes económicamente acomodados, se buscó otra plaza de trabajo que tuviese menos en contacto con las personas y que no lo pudiesen descubrir sus compañeros del bachillerato en Letras: panadero.
Entre las clases, la harina y el baloncesto, pasó esa etapa de la juventud en la que la mayoría de los adolescentes quieren ser doctores o ingenieros.
Primero el pan, luego ir al gimnasio. Entre estas dos actividades hubo otra de mayor importancia, mientras esperaba que abriera el gimnasio visitaba una biblioteca que estaba cerca. Leía libros de autores panameños. Una de esas lecturas, que aún recuerda de esos años, es “Panamá defendida” del poeta José Franco.
La vocación literaria que intenta buscar aún Rafael Ruiloba se la debe una profesora del bachillerato llamada Sheila Miranda. Esa profesora le pidió que le escribiera cuentos, en parte porque ya había descubierto esa vocación que llevaba el mucho después director de INAC, que nunca llegó a culminar su periodo, pero que sí logró un incremento del Premio Ricardo Miró de 2 mil balboas a 15 mil en cada una de las cinco categorías.
Con los cuentos que le escribió a Miranda ganó un premio que recuerda vagamente. Esta docente no solamente hizo de Rafael un escritor en ciernes sino a toda una generación de escritores. “Ella tenía una gran sensibilidad para identificar vocaciones literarias”, dice.
Abonó ese sentimiento el hecho de que su madre por ese entonces instaló un negocio de vender libros de segunda mano. Allí también fue a parar el joven Ruiloba, a buscar entre la mercancía para ver qué podía leer. Entre los libros de su madre conoció a Víctor Hugo.
Culminó el bachillerato en letras y continuó algunos meses amasando pan en la panadería San Mateo. Pero con ideas no claras de lo que quería estudiar en la universidad, una vez pudiese pagar los costos. Como escritor, tenía un fajo de poemas debajo del colchón que su madre descubrió un día y le preguntó por qué los ocultaba. La razón era que escribir en ese pueblo y en ese tiempo era asunto de locos.
Pero ese pensamiento de esconder los poemas no ha sido borrado de la mente de Rafael Ruiloba. A sus 52 años comparte que tiene unos cinco libros de poemas que nunca ha publicado ni publicará en vida. Pues solo piensa publicar un único libro de poesía y será cuando muera. Este razonamiento no es nuevo. El poeta griego Cavafis lo planteó hace cientos de años, pero nunca se cumplió su deseo de que se publicaran solamente los 152 poemas escogidos por él. Años después se publicó todo lo se que encontró en la habitación del poeta.
El mismo Ruiloba, que anda solo en el camino literario, pero que es bien celebrado por la crítica nacional e internacional en sus dos obras “Vienen de Panamá” y “Manosanta”; la primera, una colección de cuentos, y la segunda novela, ambas ganadoras del Premio Ricardo Miró, vino a Panamá a estudiar Derecho y Ciencias Políticas con un préstamo educativo.
Él era un estudiante muy pobre, como el grueso de los que pasan por las aulas de la universidad estatal. De Chiriquí le mandaban comida por transporte porque la madre conocía la estrechez que vivía el estudiante de Letras, pues nunca ingresó a Derecho. Con una población universitaria de miles, el recién llegado de provincias fue buscando algo que hacer. Por la experiencia, bien hubiese podido optar por una plaza de panadero en las mejores pastelerías de la capital, pero prefirió la de traductor de latín a cincuenta centavos por página.
El escritor con unos 14 libros publicados, dice que no puede vivir en la ciudad. Y en esa búsqueda del lugar ideal ha vivido en el distrito de Capira, luego en el de Arraiján y actualmente e La Chorrera y hace la salvedad de que en el único lugar de la capital donde ha podido sentirse bien es en Catedral, allí frente al Océano Pacífico.
Alumno de Rogelio Sinán. Siendo estudiante en la capital, sin búsqueda alguna, conoció al maestro Rogelio Sinán, quien leyó algo que Ruiloba escribió en un periódico y lo quería conocer. Lo que el poeta no sabía era que el firmante del artículo era un adolescente que recién iniciaba la universidad.
Esta fue la primera sorpresa para el autor de La Isla Mágica.
“Me dijeron que tú eres cuentista. ¿Por qué no me traes un cuento”, retó Sinán al joven.
Rafael fue a casa y buscó entre sus cuentos el mejor. Lo llevó de prisa a las manos del maestro. Como un niño que espera su paga cuando hace un mandado, él esperaba que Sinán dijera algo sobre el cuento. No hubo palabras, solo movimientos. Fue al librero y le entregó tres libros de cuentos.
Cuando terminó de leer los libros y trabajó nuevamente el cuento regresó donde Sinán. Tampoco hubo palabras sobre el cuento. Le entregó más libros.
Reescribió el cuento y se lo regresó muy deprimido porque el maestro “no soltaba prenda” sobre el cuento.
“Un día él me comentó el cuento. Me dijo que un poeta no solamente escribe poesía, que la poesía es toda la literatura y ese día abandoné la poesía por el cuento. Empecé a trabajar el libro Vienen de Panamá…ese libro lo terminé cuando estaba escondido de la invasión norteamericana”, revela.
Cometimos errores. Cuando habla Ruiloba de su pasado político lo hace más como aspirante a un nuevo cargo que como un catedrático. El habla en plural, como supuestamente hablan los líderes de algún movimiento, como si fuese aún portador de un séquito de simpatizantes y no como un docente que exige mucha lectura a sus estudiantes.
“Quiero ser Director del INAC, Director de INAC y Director del INAC. Y así lo fue. Tres reiteraciones bastaron para que aceptaran a Ruiloba en la dirección del INAC. Pero antes de ello, había estado trabajando muy cerca de los arnulfistas, desde la bandera del movimiento Papá Egoró.
Él considera que ese movimiento no caminó, porque no se puede dirigir un partido desde fuera de las fronteras, esto recordando la dirigencia del hoy ministro de Turismo, Rubén Blades. En esos tres años, en el INAC no todo lo que tenía en mente fue aceptado. El anteproyecto de convertir el INAC en ministerio nunca cuajó.
“Lamentablemente, el Gobierno no tiene una política cultural…no tiene la cultura como norte. La cultura en los gobiernos es tan representativa que a veces uno no sabe quién es el director del INAC”, agrega.
No hay “Manosanta”. En las librerías no hay ningún ejemplar de la novela Manosanta. Salvo en las bibliotecas y en la página web de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero que se puede descargar un archivo en PDF gratuito.
Esta novela corta fue ganadora del Premio Ricardo Miró. Y para abonar el trabajo de Ruiloba, ha sido bien recibida por la crítica nacional e internacional que la llama un prototipo de novela histórica.
El autor diagrama este éxito en los siguientes puntos: cuando la escribí no pensé en ninguna retórica literaria. Es una novela que está dentro de la literatura y cumple el cometido.
Sobre los males del Premio Ricardo Miró, que ha merecido en dos ocasiones, Ruiloba señala que se ha sentido muy desilusionado: “Me da la impresión de que los fallos han sido de amigos, de políticos, de concepciones estéticas y no necesariamente de la literatura".
Él lee estas obras para distanciarse un poco y valorarlas posteriormente.
Una forma de corregir estas dolencias es buscando jurados que no tengan vinculaciones políticas. Además, reformarlo para que sea el gran premio literario, recomienda.