La Copa se juega en casa. Como en el 2003. Pero el mundo ha cambiado. Ya no somos aquella selección ingenua que trajo un viejito bonachón de Brasil al que le gustaba el vidrio. (Cantinero, sírvame otro trago de ron).
Hoy, campeones defensores, con aquella selección “inn” de Gary Stempel, debemos, y es obligación, luchar por el título. Menos que eso no se espera. (No se te ocurra mezclar molleja con caviar).
Los muchachos lo saben. Que el 23 de enero el objetivo está en llegar a la final. Es el día de todas las pruebas. En el camino, puede pasar de todo; los errores son de humanos, pero sea cual sea el destino hay que tener el uniforme bien puesto.
George Smith Patton, ese general incomprendido, dejó una enseñanza: Si un hombre hace todo lo que puede, ¿qué más se le puede pedir?
Panamá está en el cartel de favorita. No se lo puede quitar nadie. El alto perfil que se viene manejando obliga a que el seleccionado reaccione y cumpla.
Eso lo sabemos todos. Costa Rica y Honduras vienen a quitarnos la Copa. Tienen con qué. Señores, esto se puso serio. Es como el agua. Nadie supo lo que tenía hasta que lo perdió.