El afán electorero ha llevado a un sector importante de la población a lanzarse al vacío de las candidaturas para los espacios que la patria tiene destinados para sus mejores hijos. Las vallas y los postes de luz han sido las primeras bajas de la contienda. Lucen su mejor expresión. La sonrisa plena y, sobre todo, las más venenosas promesas.
Las redes sociales también han recibido su cuota obscena de publicidad. De la tele, qué me dices. Todo ese dinero vertido en un patacón sin fondo.
Entiendo los puestos de elección como el privilegio de servir a la patria. Una curul para amarte, defenderte y respetarte. Pero eso no es lo que ocurre en vida real. La vocación de servicio, la capacidad de darse al prójimo, a la población. Imagino a Gandhi, a la madre Teresa, al papa y Mandela en la asamblea, en las alcaldías, en las juntas comunales...cobrando un salario emocional.
Quiero decir que los aplausos, las sonrisas, las venias debían ser su único pago. La única recompensa por un buen servicio. Piense un poco cuántos postes de luz, cuántas vallas, cuántas horas de televisión; agradecería no tener que ver de manera obligada ese inmenso Facebook en que se han convertido las calles de Panamá.
Mi anhelo es que aquellos privilegiados por el voto popular sean dignos de la fe, la confianza que se deposita en ellos cuando se deja caer con esperanza ancestral atávica en el fondo de una humilde caja de cartón un pedazo de papel mojado con la sal sencilla y simple de la esperanza, condimento indispensable para seguir soñando con una patria posible de cuyos pechos marchitos y algunas veces envenenados me sigo nutriendo.
No significa que este pergeñador de cuartillas tenga vocación de derrotado ni es de aquellos que se rinde sin pelear o que huye de primero cuando se forma el “pandemonio” ni se esconde cuando es la hora de dar la cara. Solo que por una buena vez se piense en Panamá. Que soy ingenuo, sí. Que es otra utopía, sí. Pero hemos hecho méritos suficientes y sacrificios para merecerlo. Es más, se lo debemos a los que vendrán.
El candidato expresa al ser elegido la voluntad de sus electores, no la propia. El que quiere ser un servidor debe servir.
No en balde expresa Martí que la patria ha de ser ara y no pedestal. Es decir, que no queremos en la casa de Justo Arosemena a reinas de Carnaval tirando besitos ni arrogantes intransigentes actuando con soberbia. Insisto, el mandato lo otorga el pueblo soberano, a esa masa amorfa os debéis.