Siempre lo he dicho. Los panameños saben vivir la vida, a pesar de todo, y eso es una de las cosas que encantan al que llega de otros mundos menos sonrientes o más complicados. Aquí todo se lo toman de otra forma. No sé si mejor o peor. Pero diferente.
En este país, como en todos los demás, la política y los políticos son un mal necesario, pero aquí esos individuos no son algo que implique preocupaciones ulteriores. Gallos, búfalos, toros y pavipollos bailan juntos en una danza que todos contemplan desde la barrera. Con un cabeceo cordial la gente afirma comprensiva: ‘Son blancos y se entienden. Nosotros a lo nuestro, que falta muy poco para Carnavales y hay que ir viendo a dónde nos vamos a quedar”. Todos sabemos que son todos iguales, nos indignamos un poquito, pero las protestas se acaban cuando empieza el aguacero y los fines de semana son para descansar, no para hacer huelgas. Total, con un par de frías la indignación se nos pasa,
La educación es un verdadero asco. Nuestros jóvenes corren detrás de la ambulancia, e incluso en ese puesto van con la lengua afuera. Los maestros son (con excepciones honrosas, que las hay) unos cafres que no saben hacer la ‘o’ con un canuto, pero ¿qué importa? Total, el mundo se acabará…. ¡Ah! ¿Que no se acabó? Bueno, pero se acabará eventualmente, y entonces, ¿para qué va a servir todo lo que sabes? Mejor ven a tomarte un par de pintas y ya copiaremos y pegaremos para el trabajo que tenemos que presentar el lunes.
El tráfico en la ciudad es un desastre. Cualquier mandadito pendejo te lleva horas y horas de frenazos, desvíos, calentones y desgaste de neumáticos y amortiguadores. No nos quejamos demasiado, ¡pero si hemos conseguido la mejor de las excusas posibles para nuestra inveterada tardanza en llegar a cualquier cita! O un perfecto escape, elegante y sencillo, cuando no queremos llegar. Pero la reunión del cubetazo no nos la saltamos así sea que tengamos que ir saltando por encima de los chasis de los carros.
Ir al supermercado es un ejercicio de aritmética. Lo que necesito para la lonchera menos el dinero que tengo, dividido entre lo que ha subido el jamón desde la última vez que pasé por caja es igual a lágrimas y crujir de dientes cuando he de abrir el monedero. Pero aunque comamos bofe tres veces por semana las cervecitas con los pasieros no las perdonamos por nada del mundo.
La seguridad en las calles está cada vez peor, atracos, robos, y arreglos de cuentas. Barriadas que viven en un sin vivir con balas que juegan al billar en las cabezas de gente que no tiene nada que ver en el asunto. Todo es una tragedia. Pero alguien muy sabio dijo hace tiempo que el muerto al hoyo y el vivo a la cantina. Así que para poder soportar el amargo dolor de la muerte lo mejor que podemos hacer es tomarnos un par de birras.
Luego nos encuestan acerca de si somos felices y vamos y decimos que sí, que mucho, que todo. Somos felices porque la felicidad no depende de los políticos, de los tranques o de los índices en las listas de la mejor educación, somos felices porque nos lo creemos, porque podemos, porque queremos y porque nos da la gana. Porque los panameños creen que Panamá es el mejor país de todo el mundo mundial. Y eso, señores, tenemos que celebrarlo con un par de cervecitas, venga, que a esta ronda invito yo.
P.S: Y el año que viene seremos más felices, seguro que sí.