Resistencia, dignidad y fin del sueño
Resistencia, dignidad y fin del sueño
El pitazo final del árbitro qatarí, Abdulrahan Ibrahim Al-Jassim, dejó una mezcla de sensaciones en el ambiente futbolístico panameño. La derrota 2-0 ante Inglaterra consumada en ese momento, no solo marcó el cierre de una participación histórica, sino también el “casi seguro” fin de un ciclo bajo la dirección táctica del hispano-danés Thomas Christiansen.
Desde la perspectiva de la prensa y de una afición que aprendió a exigir, el partido ante los inventores del fútbol fue un reflejo fiel de lo que es la Selección de Panamá: un equipo con una resistencia encomiable, pero atrapado a veces en sus propias limitaciones estratégicas.
Durante gran parte del encuentro, "La Sele" mostró una disciplina defensiva que contuvo los embates británicos. El orden en las líneas y el sacrificio físico mantuvieron la dignidad intacta, demostrando que Panamá ya no es el rival frágil de épocas pasadas. Sin embargo, la lectura del partido en el banquillo volvió a dejar dudas cuando la soga apretaba el cuello.
En el complemento, dentro de un escenario de altísima exigencia competitiva donde cada segundo requería frescura e intensidad, el cuerpo técnico optó por los cambios de siempre.
Llegaron los ingresos previsibles de José Fajardo y Azarías Londoño, quienes pasaron sin mayor protagonismo en el encuentro. Posteriormente, sumó minutos Ismael Díaz, quien tuvo la “osadía” de rematar a puerta cada vez que el balón llegaba a sus pies —algo que se pedía a gritos durante el mundial—, aunque para mala fortuna no tuvo la puntería requerida. Finalmente, a falta de dos minutos de juego, ingresaron Erick Davis y Alberto "Negrito" Quintero; este último, más que una variante táctica, significó un homenaje nostálgico, un gesto de mera gratitud hacia el pasado.
Con esta dosificación de las variantes, el director técnico no varió nunca su postura y prefirió "morir" con la suya. Ante la máxima exigencia, Christiansen se mantuvo fiel a un libreto inalterable y predecible, amarrado a sus dogmas tácticos incluso cuando el destino del partido exigía un volantazo de audacia. Esa rigidez terminó por consumir las últimas esperanzas de una reacción real en la cancha.
Panamá se despide con la frente en alto y con la certeza de que este grupo plantó cara a gigantes, pero con la tarea pendiente de entender que, en la élite mundial, la nostalgia no gana partidos.
El proceso de Christiansen nos devolvió el orden y el mapa competitivo, pero el cierre de esta cita mundialista nos deja una lección inapelable: competir no es suficiente. Ahora toca decidir si el camino sigue por la vía de la complacencia o si finalmente se da el salto definitivo hacia la madurez y la jerarquía que Panamá merece.