@VictorBarc
Cuando un alma parte al más allá, solamente los recuerdos que se refugian en los corazones de sus seres queridos puede devolverla a la vida, aunque solo sea por pequeños momentos.

Ayer se cumplió un año más desde la desaparición física de Rommel Fernández Gutiérrez, y todos sus amigos y familiares se reunieron en el cementerio Amador, de El Chorrillo, para conmemorar tal ocasión.
Allí se dieron cita ex compañeros de Rommel de fútbol, como Percival Piggot, Ricardo Buitrago y Noriel Gutiérrez, por mencionar algunos, en donde todos aportaron como premisa máxima, la humildad que siempre mostró Fernández.

Sin embargo, ante tanto público, uno de los asistentes que llamó la atención fue un hombre de tez mestiza y cabello largo, ataviado con un saco negro y jeans gastados; ese personaje era Rolando Rojas, la última persona que vio con vida a Rommel, su primo; quien viajaba con él al momento del accidente que le arrancó la vida.
“Las últimas palabras que mi primo me dijo fue que lo ayudara. Lastimosamente en ese momento me encontraba en situaciones muy parecidas a las de él”, recordó Rojas.

“Estaba muy herido y la impotencia se apoderó de mí. Al querer ayudar, recuerdo que Rommel ya no tenía algunas partes de su cara. Lamento no poder ayudarlo debido a las múltiples fracturas que tenía en mi cuerpo”, agregó.
Minutos antes de la tragedia, Rojas recuerda que todo era alegría en el auto en el que se trasladaban aquel 6 de mayo de 1993, hace 22 años, pues Fernández había recibido una gran noticia.
“Íbamos riendo. Rommel en ese momento iría a jugar al Osasuna, entonces, también estábamos contentos porque el Real Madrid también estaba interesado en él, así como equipos de Inglaterra”, manifestó.
“El viaje era ameno hasta ese entonces. Fue en una curva, un desnivel en la calle nos hizo salir de la carretera, caímos en una cuneta, perdimos el control del carro y fue cuando nos estrellamos”, rememoró Rojas, quien aseguró que detalles como estos, aunque son imborrables para él, prefiere ignorarlos y seguir adelante con los recuerdos felices de su primo.
“Recuerdo cuando éramos pequeños, siempre íbamos al antiguo Amador, allí había un señor que se llamaba Carlos Murcia. Una vez el señor Murcia le dijo a Rommel que si hacía un gol, en una liga en la que ambos jugábamos, nos regalaría un plato de patacones con pescado; en el partido Rommel hizo 11 goles: esa tarde y en la noche nos cansamos de comer pescado con patacones. Más nunca el señor Murcia nos hizo esa clase de apuesta”, puntualizó.