Deportes

San Silencio… shhhh

“Si tú me dices «¡ven!», lo dejo todo...” Amado Nervo Por mucho tiempo pensé que había un santo que se llamaba Silencio. Como a la


Ernesto Endara (Escritor) / PANAMA AMERICA

“Si tú me dices «¡ven!», lo dejo todo...” Amado Nervo

Por mucho tiempo pensé que había un santo que se llamaba Silencio. Como a la procesión del Jueves Santo le dicen la procesión del Silencio. Para mí el silencio es santo. ¡Seguro que sí! San Silencio, bendito seas. Para mí existes. Eres mi santo favorito. Le prendo velas y lo venero. Lo declaro mi favorito, y único en mi santoral.

San Silencio.

¡Qué hermosa la devoción! No importa que la maldad ande suelta si el pueblo es devoto. Nadie chupa aguardiente, nadie blasfema, nadie falta el respeto a alguien. Nadie y alguien son buenos. Fracasa Lucifer. Al menos en estos días en que la gente siente en carne propia el drama de Jesús. No cualquiera deja de ser un Dios poderoso para convertirse en un miserable cuerpo de sangre y hueso que sucumbe al dolor y al miedo. Jesús, el Hombre, no es dios porque flaquea. En el Huerto de los Olivos llora lágrimas de sangre. Cuando llegan los pretorianos, acepta el beso de Judas y mansamente se deja guiar al suplicio. Todo para cumplir la profesía. ¡Mucho hombre! Sus compañeros enmudecen. Nadie desenvaina la espada para defenderlo. ¡Ese es el silencio! Desde hace veinte siglos nos llega ese terrible silencio, esa desolación total que hoy se transforma en procesión.

Sólo hombres desfilan. Las mujeres los contemplan regando de avemarías el camino. ¡Ruuum, tum, tutúm! se lamentan el bombo y el tambor. Oreste y yo conseguimos un palco en el atrio de la iglesia. Desde aquí lo vemos todo. Es imposible que aquí se atreva a llegar una bruja. La Virgen María pasa, flotando en un mar de gladiolos y azucenas, llora desconsolada.

¡Ruuum, tum, tutúm!

María Magdalena, lirios, heliotropos, nomeolvides y jacintos. Ella, flor del dolor, del arrepentimiento, del amor.

En lo alto de un anda gigantesco, Jesús, el Hombre, con túnica violeta y oro, coronado de espinas, acepta que su caminar no tiene retorno. Está decidido a morir, se le ve en la cara. El anda tiene tres pisos, en cada uno de ellos, acurrucadas y tristes, tal vez un poquitín asustadas, niñas-ángeles con alitas de papel maché unen sus manitas en un murmullo que parece melcocha de poesía.

¡Ruuum, tum, tutúm!


fecha edicion
old id
869401
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América