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Santa Wiborada

La carretera se desliza vertiginosamente a mi lado mientras yo lo abrazo. Su presencia me tranquiliza, su olor a tinta me relaja. De vez en cuando, las


Mónica Miguel Franco (Antropóloga, escritora y actriz) / Antropóloga, escritora y actriz

La carretera se desliza vertiginosamente a mi lado mientras yo lo abrazo. Su presencia me tranquiliza, su olor a tinta me relaja. De vez en cuando, las lágrimas amenazan con desbordarse y lo abro al azar, me sumerjo en páginas que me cuentan historias ajenas. Ilustraciones que quitan el aliento, y mi miedo y mi cansancio desaparecen mientras recorro los aeropuertos de medio mundo aferrada a Poe, Lacombe y Cortázar, que me ayudan a sobrellevar un mal viaje.

Una noche de insomnio, las páginas se deslizan una tras otra, me hablan de verdes paisajes, de otros tiempos, de otros nombres, de otras gentes. En el frío invierno, una chimenea y un vaso con agua de vida, leo a Petronio y recuerdo apenas esas frases que me llevan al momento en el que, más allá de sorprenderme por el nacimiento de una nueva religión, me dolía por la belleza que moría, y leía una y otra vez aquellos consejos del Arbiter elegantiorum a un pedante peligroso: “(…) no cantes; asesina, pero no hagas versos; envenena, pero no bailes; incendia, pero no toques la cítara!” El arte siempre por encima, el talento siempre por encima.

Ahora, en este siglo extraño, cualquiera lee una reseña por internet y se cree erudito, “Oh, vosotros que entráis, abandonad toda esperanza” declaman con pedantería. ¿Te gusta dártelas de intelectual comprometido?, un par de tecleos rápidos y listo, citas de Virginia Wolf o de Paul Auster a tutiplén. Si sabes de dónde salió la frase “(…) Nunca conseguiría captar la muerte, ese momento, precisamente en sí. Era una de dos: o estás muerto (…) o aún no lo estás. (…) ese momento no llega nunca, o más bien, siempre está llegando y luego, ya ha pasado (…)”, puedes darte con un canto en los dientes. Aunque a lo peor sabes quiénes son las Benévolas, pero no tienes idea de por qué las llamamos así.

El punto es que la modernidad está muy bien, los libros electrónicos están muy bien, y todos nos alegramos de poder llevar en una tableta cincuenta libros además de la Biblia (solo por si acaso hay que buscar citas para cualquier cosa) y el DRAE, que es de primera necesidad, obviamente. Pero hay más, un libro siempre es otra cosa. Un libro siempre es más. Siempre está más allá. Un libro de verdad te remite a las tablillas de arcilla, y más allá, a las runas y al ogham, a aquellos trazos, mágicos y poderosos que ataban para siempre el hálito de los magos y el poder de los poetas. Y esa magia nunca, nunca podrá trasmitirla una tableta. No me opongo a la modernidad. No. Tecleo esta columna en QWERTY y sé que muchos de ustedes la están leyendo en una pantalla. Solo digo que la magia requiere de silencio, y de más sentidos, el olfato, el tacto, y la sangre que a veces se queda impregnada cuando sin pensar te cortas con el papel afilado. Además, a un libro nunca, nunca, se le agota la batería.

Empecé hoy encomendándome a la patrona de los bibliotecarios porque miedo me da pensar que pronto, en un esperpéntico remedo de aquella caída inmensa que arrastró a todo un Imperio, digan de nosotros, de aquellos que aún apreciamos la belleza del libro escrito, que “(…) veían entre flores aquellos dos cuerpos bellos y blancos como dos estatuas admirables, y comprendieron que con ellos había muerto también lo último que le quedaba a la sociedad romana: la belleza y la poesía”. Alea jacta est.

P.S: Gracias a Dante, a H. Sienkiewicz y J. Littell.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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