Serie dedicada al fraternal colega y amigo Joaquín González, en David.
Leamos el titular y el encabezado de esta noticia inventada: “Gobierno decide cruzar el Rubicón. El Gobierno Nacional envió ayer a la Asamblea Nacional un proyecto de ley que derogaría todas las medidas económicas promulgadas el mes pasado, las que han generado un intenso debate. En un encuentro vis a vis sostenido a primeras horas de la noche en la Asamblea, los diputados oficialistas calificaron la medida como una victoria pírrica de los opositores, mientras que un comunicado de la confederación de sindicatos pidió abandonar las discusiones bizantinas y trabajar por una nueva legislación económica que realmente beneficie al país”.
Además de que parece sacada de un diario de Jauja, la nota contiene algunas frases de uso lícito en español, que provienen de hechos históricos o del vocabulario latino que cualquier lector medianamente instruido debiera conocer. Mi padre, quien cursó apenas los tres primeros años en una escuela rural chiricana en los años 30 del siglo pasado, utilizaba a diario, igual que muchos hablantes de su generación a los que conocí, un cúmulo aceptable de frases como esas que ahora titilarían en cualquier nota de prensa, aunque bajo el soplo de argumentos que desaconsejarían su uso, porque “oscurecen el sentido”.
Esas expresiones son parte de la retórica, arte conocido desde tiempos inmemoriales como “Ars bene dicendi”: “el arte del bien decir” (en contraposición, la Gramática sería “Ars recte dicendi”: arte del correcto decir). Pero los siglos no pasan en vano, y a través de ellos la retórica ha servido como regla, pero también para dar reglazos; es que no faltan quienes la usen no para robustecer lo que dicen, sino para enturbiarlo, para aparentar que saben más, o simplemente para marear al prójimo (el caso de Fray Gerundio, Red de palabras, 7 de febrero de 2010).
El fin primordial de la retórica es embellecer el discurso (discurso es todo lo que decimos, y no sólo las exposiciones que realizan autoridades y personas versadas, o las deposiciones orales de ciertos políticos). Con la retórica se procura convencer mejor al auditorio, apelar a su intelecto, hacer alusiones a temas históricos y, de manera transversal, potenciar el recurso de la palabra en el contexto de la comunicación persuasiva.
Claro, habrá quienes sostengan que estas expresiones no hacen otra cosa que alejar el mensaje del alcance del pueblo; repito, crecí escuchando a gente del pueblo, campesinos y obreros, hablando mejor de lo que se entiende hoy por habla popular estándar, pero en alguna parte se revirtió el proceso (tengo mis sospechas, pero no espacio para comentarlas). Hoy es común pensar que para ser “pueblo” hay que hablar amaleantado, y por diversos medios se difunde esa idea, reforzándola. (Una alta autoridad dijo hace poco que en la Feria del Libro hizo falta una final de passa-passa intercolegial).
También se dice que “el pueblo” no está preparado para mensajes en ese formato; caramba, si fuera así, los eclipses debieron comenzar a suceder cuando el hombre estaba en condiciones de comprenderlos. Aclaro: no propongo una comunicación elitista, me gustaría que todos pudiéramos acceder a cualquier tipo de comunicación sin considerarla elitista, y creo que eso es posible lograrlo si de parte y parte (sistema y hablantes) tuviésemos esa intención.
La retórica, y en ella el empleo de alusiones, es apenas uno de los muchos elementos de los cuales podemos valernos al transmitir mensajes. Dedicaré las próximas columnas a comentar algunas de las expresiones retóricas que pudiésemos escuchar en un discurso contemporáneo, y que por nada del mundo deben dejarnos en Babia.
Que la palabra te acompañe.