Vivimos una época de grandes cambios, sobre todo en lo que a la tecnología se refiere, gracias a ella, el conocimiento (o la información) se ha hecho más accesible, sobre todo a través de Internet. Sin embargo, esa disponibilidad no garantiza la calidad ni la validez de dicho conocimiento (o información), es por esto que poco a poco parece cada vez más apremiante la necesidad de poder verificar la validez de aquello que entendemos por conocimiento, la validez de lo que creemos y sabemos.
Tal vez un aspecto interesante de dicha situación sea la de permitir que una preocupación como ésta no sea ya un asunto que concierne de manera exclusiva a determinados grupos de la sociedad (véase, por ejemplo, los filósofos o los científicos) y sí que ésta sea extensiva de algún modo, no solo a todos aquellos que deseamos pensar el mundo que vivimos, sino a todos los sectores vivos de la sociedad por igual.
Por otra parte, podría considerarse todo esto como una meta, lectura generada por el actual paradigma que rige el modo por el cual entendemos el mundo, nos referimos al paradigma que confirma su predominio en el siglo XXI y que coloca la estructura del lenguaje como una estructura que, no solo ha sido uno de los recursos de más éxito en el desarrollo de la civilización, sino que como tal es algo que, a pesar de nosotros y sobre nosotros, nos conforma y nos determina. Sería a través de la estructura del lenguaje que se procesa aquello que nos determina y nos permite determinar.
Es un hecho razonablemente aceptado por todos, que el lenguaje deja entrever un proceso evolutivo en el que se realiza una conformación tanto biológica como psíquica del individuo, que está determinada por la instauración de sistemas, de modos de percepción, de estructuras cognoscitivas y comunicativas, que son la base de todo el desarrollo de la cultura humana. Se trata de un proceso evolutivo que es posible hacer coincidir con la propia historia de la filosofía occidental, con la estructuración de aquello que es la base de nuestra civilización: el pensamiento griego y todo lo que de ello deviene.
Pocas veces pensamos sobre el modo que conocemos el mundo, sobre las estructuras y los procesos que permiten esta interacción, damos por hecho premisas que hemos aprendido al respecto y consideramos estos procesos como procesos completamente naturales. Si bien es cierto, la capacidad que hemos tenido y tenemos para desarrollar el lenguaje tenga un origen natural, definitivamente el modo como lo hemos hecho, no lo es. Se trata de un modelo que es producto de nuestro invento, de acciones y decisiones en el tiempo y en el espacio, de determinaciones intencionales. Esta es una de las grandes características de la modernidad, la plena conciencia de que hay una autodeterminación en la interacción con la naturaleza y la cultura que se realiza a través del manejo de sistemas y estructuras, entre los cuales podemos ser considerados de igual manera.
Es desde esta perspectiva que la contemporaneidad da privilegio al cuestionamiento de los propios modos que permiten el conocer… se quiere comprender como nos inserimos en el sistema (o los sistemas), siendo nosotros ya uno, es entonces cuando la semiótica muestra su utilidad como instrumento metodológico y ahora, en su condición de ciencia.
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua define la Semiótica como: “Teoría General de los signos” y a su vez el concepto de signo como “Objeto, fenómeno o acción material, que por naturaleza o convención, representa o sustituye a otro”. Esta definición implica la idea de que un algo está en lugar de otro algo. Esta es la cuestión fundamental a entender; que el conocimiento solo es posible por mediación, sea cual fuere ésta. Una de las definiciones más conocidas de lo que sea el signo, aportada por Peirce, reza: “Un signo o representamen es aquello que sobre cierto aspecto o modo, representa algo para alguien” (Peirce, C.P.2. 228)
Es a partir de una afirmación como esta que se llega a la instauración de la Semiótica, como una ciencia que deviene de una larga tradición que tiene su origen en los estoicos y en el pensamiento aristotélico.
En su versión moderna, ésta se instaura a partir de los estudios y aportes de dos grandes pensadores y de dos corrientes paralelas, nos referimos al lingüista francés Ferdinand de Saussure (1857-1913), creador de la semiología y cuyos estudios son base de la llamada Semiótica Continental, y a Charles Sanders Peirce (1839-1914), científico y filósofo norteamericano, creador del Pragmatismo y la Semiótica, cuyos estudios son base de la llamada Semiótica Anglosajona.
Los estudios de Saussure se circunscriben al lenguaje, su interés por el estudio del signo a lo interior de la vida social le revela el lenguaje como una estructura paradigmática capaz de mostrar mecanismos y procesos de esta relación, dejando en evidencia, a su vez, una gran utilidad epistemológica en el estudio de las ciencias sociales. Para Saussure, el signo es definido como una entidad psíquica de dos caras, siendo una de ellas un concepto y la otra, una imagen acústica. El signo no une una cosa con su nombre, pero sí realiza una operación en la cual el nombre se une a un concepto que va más allá de su imagen acústica. La Semiología de Saussure se basa en un sistema de oposiciones en el que la arbitrariedad y la diferencia establecen una cadena de relaciones de naturaleza binaria, la posición de cada signo en el devenir de esta cadena determinará el valor del signo.
Al contrario de Saussure, la preocupación en relación al signo propuesta por Peirce no deviene de una posición netamente lingüística y sí de un abordaje que se realiza a través de la lógica, pero que remite a una consideración ontológica y metafísica en lo mejor de la tradición filosófica occidental. La lógica, para Peirce, es el estudio de la significación. Peirce concibe la lógica como una ciencia necesaria para la consecución de la verdad, consciente de que esta no se puede dar solo por inferencia deductiva, como propone la tradición establecida por el concepto de la razón, Peirce se remite al estudio de los datos aportados por la experiencia y a la búsqueda de nuevas ideas que puedan justificar esta consecución desde una lógica de investigación científica.
A diferencia de Saussure, Peirce propone una relación triádica y no binaria para el estudio del signo, esta queda consignada en su Teoría de la Semiosis. Peirce estudia lo mejor de la filosofía occidental para elaborar sus tres categorías que dará en llamar Faneroscópicas, que son la base de su concepto de Triada. Peirce propone el concepto de Fanerón como sinónimo de fenómeno, como aquello que se presenta a nuestra mente sea real o no, de allí se deriva la palabra faneroscópica.
Las categorías Faneroscópicas de Peirce se proponen del siguiente modo: Primeridad (firstness) , Segundidad (secondness) y Terceridad (thirdness).
Debemos recordar que la noción de categoría refiere desde la filosofía griega a los modos que hacen posible la comprensión de lo múltiple como unidad. Desde esta perspectiva, los sistemas pretenden hacer entendible la amplia variedad de estímulos que el mundo nos presenta. Peirce propone el desarrollo de categorías que son relacionales, autosuficientes (en su aspecto ontológico) y autogeneradoras, capaces de derivar modos y recursos cognoscitivos.
La Categoría de la Primeridad se refiere a la experiencia de aquello que es inmediato, indeterminado y dado… no escogido. Es la condición esencia l, la situación primaria. Es la posibilidad de ver antes que lo que se ve. De uno para uno. Ya la Segundidad refiere a la experiencia de sí mismo y del otro en el tiempo y en el espacio. Es el mundo de la causa y el efecto, de las reacciones y condiciones dadas por la experiencia. De uno para dos. La Terceridad refiere a la experiencia del acuerdo, la comunicación, la norma, el conocimiento. Es la experiencia ya mediada por la capacidad de pensarla y organizarla, el sistema. De uno para dos... y tres.
Estas categorías simples y complejas a la vez son la base de la revolución que ya ha comenzado en el campo del conocimiento y que se basan en la gran contribución de Charles Sanders Peirce; Semiótica, la ciencia de lo posible.