Dicen que el amor todo lo puede, que el amor todo lo perdona, que todo lo da. Clara de Rivera y su esposo, la leyenda de los Yanquis de Nueva York, Mariano Rivera, son los protagonistas de una de esas historias de amor que, para muchos eruditos en temas románticos, están en peligro de extinción en un mundo en el que la vanidad, el egoísmo y lo trivial tienden a matar el sentimiento, a ahogar la razón y, en consecuencia, a obnubilar el verdadero sentido de la vida.
Ella y él; él y ella. El uno para el otro; el otro para uno. Hace más de 30 años, desde que se dieron aquel primer beso al abrigo de la suave brisa marina y de los humildes vericuetos de la comunidad de Puerto Caimito, que esta pareja viene caminando junta, tomada de la mano; brindándose apoyo mutuo en las buenas y en las malas --como manda la norma eclesiástica-- y sorteando todo tipo de dificultades, que, de eso --dijo Clara-- sí que está llena la vida.

“Pero con Dios todo es posible”, afirmó Clara, una mujer pletórica de convicciones y cuyo actuar por la vida se cimienta en la voluntad divina. La de su Dios.
Mujer sencilla y humilde, por definición; religiosa y voluntariosa, por convicción. Con una ligera sonrisa y refugiada en la sombra que ofrece el “dugout” del campo de pelota de Puerto Caimito, Clara de Rivera nos concedió la entrevista, mientras que, a poco menos de 50 metros, Mariano --en días pasados-- dictaba una clínica a decenas de niños de la comunidad. “Córrete para acá (para la sombra)”, nos indicó, en clara señal de que quería evitar, a toda costa, ser fulminada por el inclemente sol que aquella mañana se paseaba libre de obstáculos por la inmensidad del cielo.

El calor la agobia, y provoca que sus glándulas sudoríparas se alboroten. De su frente brotaban las primeras gotas de sudor.
“Mariano y yo crecimos juntos, desde primer hasta tercer grado estuvimos estudiando juntos; nos enamoramos como adolescentes y así seguimos hasta que nos casamos. Hoy tenemos una familia”, relató Clara.

Su apego a Dios es tal que a dos de sus hijos los bautizó con nombres bíblicos: Jafet –así se llamaba el tercer hijo de Noé- y Jaziel --visión de Dios, en hebreo--. El hijo mayor lleva por nombre Mariano, y le hace honor al mejor cerrador de la historia de las Mayores, al hombre del récord de 603 salvamentos que este año huele a retiro.
Para ella la fe y creencia en el Creador es la principal clave del éxito de “Mr. Sandman”. No ve a su esposo como un ídolo, sino como un hombre sencillo cuyo profesionalismo lo ha guiado a un sitial que -confiesa- ella jamás imaginó. “Yo vengo de aquí (de Puerto Caimito) con él, sé de su dedicación y los problemas que él ha tenido que superar para alcanzar lo que es hoy en día”, sostuvo.
“Si no hubiese sido por la misericordia del Señor, nosotros no hubiésemos llegado donde hemos llegado ni logrado lo que hemos logrado”, reiteró con fervor.
Clara es la fanática número uno de Rivera desde que este empezó a participar en la liga del pueblo, pero, irónicamente, reveló que el béisbol no es su pasión: más le gusta el fútbol. Esta mujer de fe, guía espiritual de su familia y de cientos de personas en Nueva York, en donde goza y predica la palabra del Todopoderoso, se mostró orgullosa de su tierra y niega que ella o su esposo hayan dejado de quererla. “Este es nuestro país, esta es nuestra tierra... Esto es lo nuestro, y lo que es tuyo tú no lo puedes esconder ni negar. Eso lo tenemos claro”, dijo.
¿Qué significa Mariano para usted?
“Es un orgullo.
Lo admiro como persona, como profesional. Somos de este pueblo y sé el sacrificio que él ha hecho”.
¿Alguna vez imaginó vivir momentos como el de los 600 juegos salvados con Mariano?
“No. Como muchachos del pueblo, nos concentrábamos en disfrutar de nuestro noviazgo, de nuestra infancia, de nuestra adolescencia. Lo vi jugar con Panamá Oeste en los torneos nacionales y disfrutábamos eso, pero imaginar todo lo que él ha logrado, no. Lo admiro porque es su trabajo y veo la dedicación que él tiene para dar lo mejor”.
Hay gente que le reprocha a Mariano no identificarse supuestamente con su pueblo, y el no querer a Panamá.
¿Qué opina usted al respecto?
“Bueno, creo que cada persona es libre en su opinión, puede expresar lo que siente y se le respeta. ¡Qué le puedo decir!, si yo hablo bien, van a decir que lo hago porque soy la esposa. Nosotros respetamos la opinión de cada cual y hacemos lo mejor que podemos”.
¿Pretenden retornar a vivir a Panamá una vez su esposo cuelgue la manilla?
“Yo siempre he dicho que tu tierra va a ser tu tierra, nuestra familia está toda aquí, nosotros somos los únicos que vivimos en Nueva York. Aquí (en Puerto Caimito) nacimos, dos de mis hijos nacieron aquí, el más chico nació allá (en Estados Unidos), pero le hemos inculcado que este (Panamá) es su país, es su tierra, es lo nuestro, y lo que es tuyo tú no lo puedes esconder ni negar. Nuestros niños estudian en Nueva York, pero en un futuro podemos establecernos aquí, claro que sí. Aquí está nuestro corazón”.
Respecto a la personalidad, ¿cuál es la diferencia entre el Mariano de antes, ese que recorría todos los días las calles del Puerto, y el Mariano de ahora, idolatrado y querido en la Gran Manzana?
(Ríe). “Su carácter, para mí, sigue siendo igual. Él es mi amigo, es mi amante, es mi esposo, es mi todo. Para mí, sigue siendo igual en su forma de ser”.
¿Usted introdujo a Mariano en el mundo del cristianismo?
“Yo conocí al Señor primero que Mariano, estoy pastoreando una iglesia en Nueva York, pero esa (ser cristiano) fue una decisión netamente personal de él. Nadie puede imponerle esto a nadie”.
¿Qué tan complicado es ser esposa de una estrella de las Grandes Ligas?
“Es muy difícil, más cuando uno es madre, porque de momento sientes que está todo dividido; pero Dios nos da la gracia para poder llevar adelante todo”.
Entonces, ¿ya quiere que Mariano se retire?
“Bueno, casualmente, antes de venir para acá, nos estábamos riendo porque los niños le decían: ‘Papi, ¿te vas a trabajar de nuevo? Ya hiciste lo tuyo, ya hiciste los 600 y te debiste retirar al día siguiente...’. Como madre, yo podría decirte que sí quisiera que se retirara, pero es algo que está dentro del corazón de él, y eso lo respeto y es algo que le toca a él decidir. Lo que él decida, eso lo acepto”.
¿Ama el béisbol?
“Yo solo respeto su trabajo. Y le voy a ser honesta: fanática del béisbol no soy”.
¿Cómo han podido permanecer juntos usted y Mariano por tantos años?
“A eso nos ha ayudado la fe y la confianza en el Señor”.
¿Cómo van sus hijos?
“En los estudios, bien. Al mayor le gusta el béisbol, y al del medio, el fútbol. El menor aún no se decide, como tiene nueve años”.
¿Y cómo va el negocio del restaurante en Nueva York?
“Bueno, eso no es tanto como un negocio en el cual estamos directamente involucrados, simplemente Mariano puso su nombre”.
¿Qué futuro vislumbra para Mariano en el béisbol?
“No sé qué pasará, yo solo sé que este mundo de la pelota no es fácil”.