Calmados los ánimos en torno al incidente del clásico Junta de Control de Juegos, resulta oportuno que aprovechemos la coyuntura para escarbar en el fondo del asunto.
En nuestra entrega anterior explicamos que el problema tuvo su origen en la inacción del Cuerpo de Comisarios y la actuación posterior de la Comisión Nacional de Carreras que, vanamente, quiso limpiarles la cara a este trío errático que -en el caso de marras- no fue capaz de interpretar su propio juicio.
El presidente de la Sociedad de Dueños de Caballos, Roberto López, quien por coincidencia era la parte afectada en este caso, había escrito a su directiva que en el transcurso de la semana pasada presentaría su carta de renuncia para enfrentar este tema personal sin que se pensara que estaba aprovechando su investidura. Hasta ayer, esa renuncia no se había hecho efectiva.
Y quieren que les diga lo que siento. Pues ojalá nunca llegue esa carta y el presidente de la Sociedad de Dueños de Caballos se quede para contribuir y hacer la lucha desde adentro y desde arriba.
"Ya es hora de que se empiece a adecentar nuestra hípica", dijo en la nota dirigida a su directiva.
Creo que todos los que deseamos lo mejor para la hípica suscribimos esa sentencia. Renunciar a esa aspiración, que pudiera parecer una quimera, no es permitido.
Hay que seguir, señor presidente, justamente para hacer valer otra parte de su misiva: "No permitamos este tipo de acciones, ¿o es que vamos a esperar que un propietario o entrenador agreda físicamente a un jinete, preparador u otro propietario por las cosas que pasan en nuestra hípica? Ya hace algunas semanas atrás, dos jinetes se agarraron a guascazos y trompadas en el paddock, ¿esa es la hípica que estamos propiciando? Yo no".
Quizá la emoción pudo más que la razón y la falta de determinación de los comisarios en hacer valer lo que observaron, aunado al actuar vacilante de la Comisión Nacional de Carreras, harían que cualquiera se irrite, pero una vez sosegados, hay que ver la situación en contexto.
Razón tiene el señor López de quejarse y preguntar a sus compañeros de nómina lo siguiente: "¿Quién querrá apostar en una hípica en la que la trampa prevalece?
En la que a un ejemplar 'favorito' lo tiran a la baranda de afuera y la gente pierde su dinero apostado y no pasa nada. En la que un jinete que es encontrado en el cuarto de jinetes con un artefacto eléctrico minutos antes de salir a montar está montando, porque los demás jinetes le pidieron al presidente de la República que lo perdonara. ¿Qué hípica queremos, señores?".
De toda experiencia de la vida podemos sacar provecho. Lo sucedido con Salustio no debió darse (aunque creemos que no iba a variar el resultado de la carrera). Los comisarios están en la obligación de pronunciarse cuando se dan casos como este y decidir en función de los elementos que ellos mismos investigan y reportan en su informe. Y cada vez que eso no se dé, en el ambiente quedará un tufo de malicia.
Las cartas están echadas, las denuncias fueron hechas por el dirigente de la más importante de las agrupaciones de dueños de caballos. Entonces, manos a la obra.
La hípica no tiene vida ni es rica solamente porque haya buenos premios y una población caballar numerosa. Lo que la mantendrá en pie será la credibilidad y la confianza que tengamos todos de que estamos participando en un juego limpio.