A hora, con esto de la reducción de las páginas de DíaD, con el esquinamiento al que se somete a nuestros columnistas, cuentistas y pensadores en materia literaria y cultural (algo que no solo ocurre aquí, como sabemos, ni es privativo de este momento), bien vale sentarnos bajo un árbol, a la orilla del camino, como posando para Rodin, y hacernos la eterna pregunta: ¿Para qué demontres sirve la cultura?
Todo indica que para nada.
“Cultura” proviene del verbo latino “colere”, que significa “cultivar”. Según el diccionario, es el “conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”; el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo…”.
Es decir: con la cultura aprendemos a tener ideas propias, a disentir de las versiones oficiales, a opinar en contra, a separar el trigo de la cizaña, a diferenciar el gato de la liebre… Por otro lado, es la suma de lo que sabemos, de lo que hacemos, de lo que somos. En comparación con una parcela, tener cultura es ser cultivado, producir frutos; lo contrario es ser terreno baldío, que otros aprovechan para echar cosas y hasta para llevar sus perros a… sí, a eso mismo.
¿A quién le conviene contar con ciudadanos cultivados, dueños de un pensamiento crítico? ¿Y a quién no le conviene? ¿Quién prefiere la potencialidad de un suelo yermo? Duele decirlo: vivimos en un sistema que se desentiende de las manifestaciones culturales y que, al mismo tiempo, rechaza la actitud contestataria, tachándola de nociva. Es que eso hace posible que se sostenga el sistema. Si no fuera así: ¿a quiénes favorece el sistema?, ¿a quiénes arrincona?
Junto a nuestros colegas, nos desvivimos por hablar del arte, por incentivar la búsqueda del conocimiento, por fomentar la otra cara de Panamá (que sí existe), por promover formas de comunicación diáfanas, por espejear realidades en nuestros cuentos, por opinar a favor de una mejor sociedad que sí nos la merecemos… pero eso no provoca ecos.
Entonces llega alguien y dice: “Ah, ¿son ustedes los que claman en el desierto?”. Y elucubra que necesitamos ayuda idónea, y trae una muy conocida: los temas baratos que nos atosigan día a día, deformando la nación hasta la médula: los escándalos politiqueros, las trifulcas mediáticas, el quítate tú para ponerme yo, los que abomban en cada titular de portada y mantienen a la República añingotada, padeciendo estertores por tanto oxiuro como pulula en su vientre.
Y, ¡zaz!, la reacción le da la razón: sube el “rating”, si llamamos así a tantos comentarios belicosos que se pelean el espacio de las opiniones alusivas a los artículos ancla, como nunca lo harían por una nota cultural de las que, cerriles que somos, seguimos sacando a la luz. Así, el axioma perdura: dales más de lo mismo.
En cambio, los lectores del DíaD virtual o de papel, solemos degustarlo en silencio, apreciarlo en la intimidad, sin acometer la tarea de salir a cruzar lanzas, a favor o en contra. La cultura, los que pensamos en ella, pasamos en silencio, casi invisibles, desmarcados en un entorno que promueve otros perfiles como ideales de éxito y de escalamiento social, sin importar la calidad humana del pretendido avance.
Por eso el bendito sistema nos toma la medida y cree que podemos ser decapitados sin que una queja quebrante la paz de nuestro patíbulo. Y cuenta, evidencias en mano, con que nos puede convencer de que la cultura no sirve para nada.
Yo lo entiendo, pero no lo acepto. Lo niego. Aunque lo haga clamando en el desierto.
Que la palabra te acompañe.