La palabra sacrificio siempre ha estado en mi diccionario. Siempre ha estado presente en cada uno de mis retos y es la que al final, junto con su mejor aliada, la disciplina, me ha abierto las puertas de mis triunfos, tanto en lo personal como en lo profesional.
Eso sí, siempre pongo por delante a Dios para que me ilumine y tome control de cada uno de mis pasos.
Hoy, con las palabras que estoy plasmando en mi columna, quiero llegar a todos los boxeadores que en estos momentos tienen como objetivo ser campeones del mundo. Que quede claro que no es solo para aquellos que decidieron tomar esta profesión tan difícil con el fin de forjarse un futuro mejor. Les hablo a cada uno de los pugilistas panameños que aún mantienen las esperanzas de ser campeones del mundo, pero que aún creen que con indisciplina y sin sacrificio lo van a lograr.
Mis estimados y apreciados colegas panameños, que no les quede ninguna duda de que soy el vivo ejemplo de que sin sacrificio no hay recompensa.
Si hay alguien en el boxeo panameño que se ha sacrificado, ese soy yo. No crean que lo que he conseguido en mi vida no me ha costado. En mis más de 15 años como boxeador he derramado millones de gotas de lágrimas, sudor, sacrificio y sangre. Gotas que he derramado por mi familia.
Parece que fue ayer cuando inicié en el mundo del boxeo. Recuerdo que cuando me dieron el pase para ser boxeador profesional tenía 21 años de edad. En ese momento era repartidor de pizzas. Tenía que trabajar, porque mi esposa estaba embarazada.
Fueron momentos difíciles, en los que creía que era invencible. Confiaba en mi preparación, mis cualidades y mi juventud para superar cada uno de los obstáculos que se me presentaban. Incluso, durante esos años, mezclaba el boxeo con el alcohol, grave error.
Eran años de mucha alegría, pero que no me iban a llevar por el camino hacia el objetivo por el que me había puesto los guantes. Hasta que mi esposa me hizo abrir los ojos. Me dejó claro que con la vida de fiestas y alcohol que llevaba nunca podría cumplir mi sueño. Tenía 24 años y gracias a Dios la escuché. Pensé en mi familia, en mis hijos y en mi futuro.
Desde ese momento mi vida cambió. Dejé atrás las fiestas y comencé a mirar el boxeo con respeto, como la profesión que me abriría las puertas al éxito.
Comencé a sacrificarme, a ser disciplinado. No fue fácil, porque en el camino sufrí muchos sinsabores. Tuve un accidente automovilístico que puso mi carrera en peligro. Muchos creían que no podía regresar, que mi carrera había llegado a su fin, pero, gracias a Dios, no fue así. También sufrí derrotas que, a cualquier otro, hubieran desanimado. Gracias a Dios, nunca me rendí. Seguí luchando, con disciplina y sacrificio, porque sabía que Dios me había preparado grandes cosas.
Hoy, gracias a Dios, puedo decir con mucho orgullo que todos estos años de sacrificio han valido la pena. Gracias a Dios, tengo una casa que pagué al “cash” con la pelea que realicé en Tailandia. Tengo carros, un gimnasio y otras cosas que las he podido conseguir con el sudor de mi frente. Pero, lo más importante, es que le he dado a mis hijos las herramientas para que estudien y sean unos profesionales en el futuro.