Leyendo un pasaje bíblico, narraba una historia de un hombre que era muy rico, cuando vivía en la tierra, y, al llegar al Cielo, un ángel lo acompaña hasta llegar a su nueva morada. Pasando varias calles y viendo todo tan agradablemente bello y confortable, fueron aproximándose a unas casas todas ellas muy bellas, grandes y lujosamente decoradas.
El hombre rico le pregunta al ángel ¿vamos por mi calle? -Sí- responde el ángel. Y dime ángel ¿a quién pertenece esta casa? -A tu mayordomo- Dime ángel: ¿Y esta otra de quién es, -de tu ama de llaves- y ¿esta otra? -de tu jardinero-. Cuán asombrado estaba este rico por todas las posesiones que tenían sus sirvientes. Ahora un poco inquieto, pregunta -Angel- Y... ¿Dónde está mi casa?, estamos al llegar -responde el ángel-. Se detienen ante una casa, el rico veía una casa muy pobre. El ángel le dice -ésta es tu casa-. No, no es posible, se ha equivocado usted, recuerdo la casa de mis sirvientes, entonces: ¡Esta no puede ser mi casa!
El ángel le responde, -no me equivoco-. Lo que sucede es que sus sirvientes siempre recordaron dar una parte de su dinero para guardar sus bienes en el Cielo, mas usted sólo recordó el cuido de sus bienes terrenales y esto es lo que le corresponde en el Cielo.
Siempre hay un alto que debemos hacer en el camino. Reflexionemos sobre la dirección en que dirigimos nuestras vidas.
Buena Noticia: usted y yo podemos invertir en nuestro futuro. Invirtamos tiempo en las cosas buenas.