Vamos, anoche fue Nochebuena y hoy es Navidad; no tenemos deseos de escribir sermones sobre cómo redactar mejor, tampoco comentar esos aspectos que nos ocupan todo el año. Y ustedes, aún con el sabor de la cena y de las copas en el paladar, entre la algarabía de chiquillos con juguete nuevo, o abrazando alguna melancolía de las que suelen visitarnos en la época, tampoco me darían esa tregua.
Así que desempolvé este cuento mío, que reposaba por allí, entre cajas de nacimientos, pelusa de santocloses y unos cuantos corchos vinateros en los que lucen fechas y nombres grabados con bolígrafo. Se los dejo, con mi mayor estimación y mis parabienes. Que la palabra te acompañe.
La Nube
Lo fueron a buscar al monte, donde desde muy chico se hallaba oculto entre sus mayores. Creía que nadie iba a reparar en él, pues el tiempo lo había cambiado mucho, pero se equivocó. Los de la patrulla tenían caras y modales de sabuesos, husmeando el aire y clavando la vista entre los arbustos, para que nada se les escapara.
El golpe en su pie fue certero; sintió morirse cuando lo arrastraron hasta el camión donde otros tipos, iguales de rudos y mal encarados, amarraron sus extremidades y lo lanzaron al interior del vehículo sin muchas contemplaciones. Sentía frío, y seguía sintiéndolo después de que cerraron la puerta para emprender, en la más absoluta oscuridad, un largo camino del que apenas recuerda su propio olor mezclado con el de los demás infelices.
Tiempo después (¿días, años?) lo tiraron junto a otros desarraigados, las extremidades aún amarradas, sobre una tierra durísima, bajo un sol inclemente. Le soltaron las ligaduras y pudo estirarse; luego, lo pusieron en fila con los otros, contra una pared fría. Dormido por el agotamiento, se despertó con la llegada de la gente que comenzó a tocarlo y a olisquearlo, preguntando por su edad, su salud, su estatura: pensó que lo querían para comérselo.
Al poco rato, lo levantaron en vilo, atado otra vez, causándole nuevas fracturas y renovando las anteriores, antes de llevarlo por una calle larga, bajo un sol que lo abrasaba. Por suerte se les ocurrió darle agua en un platón apenas entraron a la casa; se la bebió de prisa. Más tarde querían que se parara firme, y vencieron su negativa con dos clavos horribles que lo sujetaron a una especie de zapato inmenso. Sin prisas, como en un rito premortuorio, sus nuevos dueños lo adornaron con lazos y filigranas de colores, le pusieron un gorro brillante y se sentaron a contemplarlo. Seguro de que iba a ser la cena de aquellas gentes, se murió de hambre, tal vez de miedo… o quizás de simple tristeza.
Mejor que eso pasara: a la semana siguiente arrastraron sus restos por las calles, sin miramientos de ningún tipo, hasta echarlo junto a otros desdichados en una inmensa hoguera donde, cosa rara, la gente cantaba gozosa.
Nadie lo vio, pero su espíritu, amodorrado aún en su piel arrugada y seca, se volvió un suspiro de humo, se elevó entre las cenizas y fue a colgarse del cielo. Yo era muy niño aún cuando presencié lo que acabo de contarles, pero sigo recordando bien aquella nube en forma de Arbolito de Navidad.