A estas alturas nadie tendría dudas sobre quién es mejor entre las potrancas Jubilee Queen y Coco Candy, si al jinete Luis Arango no lo hubiera traicionado su insaciable sed de triunfo.
Quienes vieron el clásico Temístocles Díaz Q., disputado recientemente, fueron testigos de que Jubilee Queen es por calles mejor que Coco Candy compitiendo a pesos iguales, pero también se apreció el accionar temerario de Luis Arango durante toda la competencia, lo cual desencadenó en la dramática rodada de su colega Jesús Barría cuando estaban por cubrir los últimos 300 metros de la carrera.
Acto seguido el Cuerpo de Comisarios, tras acoger los reclamos presentados en contra del jinete Arango, distanciaron a Jubilee Queen hasta el último lugar. El distanciamiento vino acompañado de una suspensión de 9 reuniones, según los comisarios, basados en el artículo 493 del Reglamento de Carreras, el cual dispone: “El jinete que en el desarrollo de una carrera cambie la dirección de su caballo sin tener un cuerpo de luz del o de los más próximos participantes, se le sancionará con tres (3) a nueve (9) reuniones hípicas de suspensión”.
Debemos establecer que, efectivamente, desde el momento de la partida, Luis Arango asumió una actitud de ataque, lo cual es dable en cualquier competencia, pero los excesos son malos. Su colega Jesús Barría no se quedó atrás, pero con la diferencia de que nunca pudo ganarle la posición a Arango por la evidente superioridad de Jubilee Queen.
Así anduvieron hasta llegar a la tierra derecha en donde se fueron a la mitad de la cancha y en el momento en que Jubilee Queen empieza a dominar se abre un poco y Coco Candy tira hacia adentro, entonces se produce la caída de Jesús Barría.
La decisión de los comisarios esta vez fue acertada, porque si Luis Arango hubiera montando con un poco más de cuidado, no se hubieran dado todos estos incidentes. Que lo sancionaran con nueve, diez o veinte reuniones, esa es otra discusión.
Lo malo fue que, tras el incidente, el caso fue tramitado en la Comisión Nacional del Carreras (CNC), la cual después de escuchar los alegatos de propios y extraños, dispuso dejar en suspenso la decisión para -palabras más, palabras menos- emitir posteriormente una resolución más justa y acorde con lo sucedido. Permítanme reírme. Debieron decidir de una vez.
No se conoció, oficialmente, cómo fue la votación, pero aparentemente hubo tropiezos antes de tomar la decisión final por aquello del precedente.
Esta semana nos enteramos de que, finalmente, dispusieron aumentar la suspensión de 9 a 18 reuniones y es, justamente, en este punto en el que el caso hiede.
Se pueden hacer millones de preguntas al respecto: ¿Qué otros elementos pudo haber tomado en consideración la CNC para modificar la sanción? ¿Será que vieron la carrera desde un ángulo tridimensional? ¿Habrán ido al establo de ambas yeguas a practicar algún tipo de peritaje? ¿Agregaron nuevos testigos y testimonios al expediente? ¿Aceptó el jinete Arango su responsabilidad? ¿Tuvieron algún peso sobre sus hombros que los obligó a doblarse? En fin, muchas preguntas revolotean.
Cierto es que la CNC, según lo dispone el Reglamento de Carreras, tiene entre sus funciones revisar, confirmar, aclarar, modificar o revocar los fallos del Cuerpo de Comisarios, y si deciden hacer uso de ese derecho de manera autónoma, no hay de qué dudar, pero si su actuar está impulsado por influencias ajenas al organismo, entonces debemos concluir en que están sentados en el lugar equivocado.
Ojalá que este no sea el principio de un precedente dañino y que en el futuro la presión, las conexiones exógenas y el llanto de terceros no anulen a la Comisión Nacional de Carreras y no la confinen al ridículo papel de hacer los mandados.