Las palabras de un idioma son como la gente que las emplea, pues ellas nacen, tienen un periodo de crecimiento y desarrollo y, (algunas) terminan muriendo, aunque otras semejan a los dioses, que parecen (y son) eternos. Otras veces, muchísimas, por cierto, se reproducen y dejan un legado a la humanidad, dejan su huella, su familia.
Pero entre las palabras, como entre las personas, también existen diferencias que las separan: unas resultan elegantes y propicias para ciertas ocasiones en las que el buen decir, las buenas maneras o el discurso altisonante y sonoro son la nota característica; en tanto que otras son algo así como las cenicientas del vocabulario, las pobres de la familia, las mal vistas, una especie de parias del idioma.
La lingüística separa palabras de uno u otro estrato (lo diastrático, dicho técnicamente). Chotin y saludo, por ejemplo, claro que son familia –por lo menos desde el punto de vista del significado - pero, obviamente, saludo, mira a chotin por encima del hombro, pues aquella pertenece al estrato alto, mientras que la segunda, corresponde al bajo.
Las palabras del patio
También hay palabras que, como las personas, nunca han salido de los linderos de una comunidad o de un país. A ellas, la lingüística las enmarca en lo que se conoce como geolecto, técnicamente palabras como ”lavamático”, y “chupata” solo se emplean en Panamá, no las conocen en el resto de América ni en España. Asimismo ocurre, por ejemplo, con las palabras como cuecho (chisme), chintoma (ají) y chingaste (borra del café), que emplean los nicaragüenses y que a los panameños nos resultan desconocidas.
Así es el idioma
Otras veces, como las personas, las palabras tienen dos y hasta tres caras, que en ellas son los significados.
Aquí nos dicen una cosa y en otros lugares dicen otra.
Así ocurre con chirrisco, que en Panamá significa bebida fermentada, mientras que en México es “amigo de galanteos”. Lo mismo ocurre con “arrecho”, que en Panamá es palabra con connotación sexual, aunque también significa “de temer, diestro”, en una oración como “Ese paisano es arrecho con el cuchillo”, o “insoportable, que no se aguanta”, como en la oración: “Oiga el humo arrecho que no me deja respirar”, en tanto que en Nicaragua, arrecho es “enojado”, en una oración como “La vecina está arrecha conmigo, porque mi perro la mordió”.
Hay palabras comunes y corrientes como la gente sencilla, como la gente a la que se puede acceder sin mayores rodeos. Son nuestras palabras de cada día, como pan, agua, bus, sol, plata, comida, madre, casa, etc.
Pero hay otras que no son tan sencillas; y por no serlo, la gente frunce el ceño cuando las escucha o las lee. Cualquiera creería que son pedantes o artificiales como mucha gente. Puede ser. Pero también puede ser que nos haga falta conocerlas un poco más. A ese grupo pertenecen perínclita, impertérrita, íngrimo, proclive, integérrimo, etc.
Otras, como ocurre con los científicos, los abogados, los ingenieros o los lingüistas, pertenecen a círculos selectos y especializados. (Son los tecnolectos). Para acceder a ellas o para entenderlas debemos prepararnos, debemos consultar. Así nos ocurre, por ejemplo, cuando alguien nos habla de angiospermas, byte, monema.
Las palabras de allá donde uno
Y, como la gente, también hay palabras de la ciudad y del campo. Las palabras rurales, por ser del campo, no son menos valiosas que las otras, pues ellas también evidencian la existencia de un mundo real.
Taburete, caldero (pronunciada cad-dero), canilla, tarro, jondear, bajuno, ñopo, quiubo, corresponden a este grupo. ¡Qué decir de que hay palabras marginadas, porque pertenecen a mundos marginados, como la gente de esos mundos!
Pichi, crac, pegón, basuco, calilla, kenke, tumbe, propias del lenguaje de la droga, o las que aquí no se pueden consignar por pertenecer al lenguaje soez y malsonante, pero que, sin por qué negarlo, son de un uso frecuentísimo, más de lo creíble, entre la población.
También están las palabras llenas de un entusiasmo único, palabras vivas en boca de la gente, como arroz con mango, despelote, hasta la zapatilla, merecumbé, bochin, etc.