@VictorBarc
“En guerra avisada no muere soldado”, jura un viejo dicho, y es que al parecer, la fanaticada placina ya tenía armado el croquis, el triunfo estaba asegurado, sabían de antemano que el clásico el fútbol nacional, que se jugó el sábado, sería para el Equipo del Pueblo.

Los dos goles de Ricardo Buitrago y el otro de Vladimir Pimentel valieron para la victoria (3-1) de los “leones” y desataron la locura en La Plaza, ese barrio que apoya y defiende los colores azul y rojo de su equipo a capa y espada.
Después del baile que le dieron a los “toros”, la ruta no pudo ser otra. La Casseta de Plaza Amador estaba lista, incluso antes de iniciar el cotejo, para celebrar el triunfo; al parecer, alguien lo había visto en algún sueño o en una bola de cristal.

No sabemos a ciencia cierta si consultaron a Walter Mercado, a Madame Kalalú, al Macumbero o a algún otro adivinador, lo cierto es que la rumba estaba lista para la celebración.
Y es que los placinos que abarrotaron el área este del Maracaná, en su mayoría, se dirigieron a La Casseta, en donde a eso de las 8:30 p.m. del sábado ya no cabía un alma.
En una esquina, una señora le daba los últimos retoques al saus, mientras otra pelaba y picaba los patacones que acompañarían el popular pescado frito. Del otro lado, un señor preparaba el fogón para asar pollo, por si alguno no quería mariscos. Los huevitos de codorniz tampoco podían faltar.
“Dijimos que hablaríamos el sábado en la cancha y en las gradas y lo demostramos, les hicimos un reto a las “vaquitas” -en referencia a los fanáticos del Tauro- y qué va, no aguantaron la presión”, decía un placino ataviado con sombrero y camiseta de su equipo, mientras llegaba a La Casseta.
Algunos llegaron en carro, otros desfilaron desde el coliseo hasta el cuartel felino coreando cánticos y pregones originales de la barra placina.
El popular “rin, rin, rin, aló, aló, aló contesten el teléfono que Plaza ya ganó”, se escuchaba desde calle 27, El Chorrillo, en un solo coro hasta llegar a La Casseta, el campo de concentración.
La fiesta parecía no tener fin. Grandes y pequeños danzaban y pregonaban a todo pulmón el amor por sus colores, esa pasión que se inculca desde pequeño por una camiseta con la que se nace, se sufre y se goza.
El reloj seguía su curso, entró la madrugada y los emocionados placinos no paraban de festejar. Salió el sol dominguero y nada. El festejo no cesó hasta altas horas de la tarde.