El otoño asoma su húmeda nariz en Berlín. Dentro, en el Ständige Vertretung (StäV), un bar que es famoso por su cerveza tipo Kölsch y los codillos de cerdo (además porque es un libro de lectura política, que cuenta en sus paredes la historia en fotos de la división y posterior reunificación alemana) se está calentito; pero en la calle, por donde aparece Luis, sopla una brisa premonitoria de la lluvia gélida que caerá horas más tarde.
Él avanza a zancadas, cejijunto, con su mirada gatuna barriendo los escenarios. Pasa el radar por las mesas del StäV a través del gran ventanal, buscando al periodista panameño con el que tendrá una charla. Como no conoce al tipo, la batida se hace más difícil. Pone la doble tracción cuando mira, cuando escucha; trata de descubrir en los bebedores de cerveza algo que delate la nacionalidad. Un gesto, el tono de voz, la risa estrepitosa, ese rostro mezclado, orgía de razas, de los caribeños; alguien igual a él. Pero el bar está lleno de extranjeros: vienen de África, de Brasil, Uruguay, Argentina, Colombia, Costa Rica; hay polacos, rusos, italianos… Babel reinventada a orillas del río Spree.
Pero el periodista sí lo conoce, lo ha visto en cientos de fotos, en docenas de noticias y reportajes; en antologías y revistas; hablan de él en internet, en las bibliotecas panameñas, en las reuniones de escritores. Luis es famoso.
Por eso es más fácil forzar el encuentro, y el periodista sale, se abrazan, se saludan en alta voz, como dos compadres que tenían rato de no verse… ¡Panameños!...
¿Dónde charlamos? ¿Aquí? ¿En alguna plaza cercana? Luis dice que no importa el lugar. (El Neues Theater está a la vuelta, con su carga histórica, aquella inauguración con el Ifigenia en Tauris de Goethe en 1892, y su milagrosa salvación de los bombardeos en la Segunda Guerra Mundial) Deciden quedarse ahí, en las mesas exteriores del Stäv, con la brisa discreta, pero glacial, que sube desde el río, como testigo.
¿Quién soy? Resulta extraño que el telón de fondo sea gris. Es que Luis Pulido-Ritter habla de sus orígenes, de su tierra caliente, su barrio, el fútbol, los años de revolucionario que le provocaron la expulsión escolar, su afán por el cebiche de bodega Mi Amiga: toda una policromía que recorre su memoria y se decanta en lo que escribe.
“Soy un escritor panameño, latinoamericano y universal”, dice en un momento de la charla. Habla pausado, con énfasis en cada sílaba. No es para menos; está definiéndose, y eso debe hacerse con cuidado.
Luis P (LP):Tengo una identidad abierta, no excluyente. Escribo lo que creo que es necesario dentro de esa experiencia. Nadie está obligado a leerme ni a conocerme; cada quien hoy día lee lo que quiere y lo que puede y, sobre todo, lo que le interesa. Por más muecas que yo quiera hacer, por más malabarismos, nadie que no esté interesado me leerá. Y menos en Alemania, donde cada cual anda en su rollo. (risas)
LP:Panamá siempre está en mis trabajos. Es que es una realidad muy rica. Somos una nación muy importante en América Latina, desde el punto de vista estratégico, económico, cultural e histórico. Para mí no hay mayor suerte que haber nacido en Panamá, porque es un país que ofrece mucho por novelar.
Pulido Ritter es sociólogo de profesión, pero usa la literatura como puente, como conexión. ¿Para cruzar hacia dónde? Antes de contestar mira por encima de las gafas y ríe de medio lado: “Hacia mis recuerdos”.
Europa. Luis Pulido Ritter dejó Panamá en 1987. El país vivía momentos terribles, bajo la bota del general Manuel Antonio Noriega. “Había que salir para salvarse”, cuenta el escritor, quien por entonces ya tenía una licenciatura de la Universidad de Panamá. Lo esperaba Francia, y de ahí Friburgo para un doctorado.
En 1989 ya estaba en Berlín, donde pudo vivir junto a otros miles de muchachos en jeans la caída del muro.
LP:Fue un sentimiento contradictorio. Por un lado sabía que el mundo estaba cambiando, yo mismo estaba respirando esos aires de libertad; mientras al otro lado, en mi país, todavía las cosas se resolvían a balazos. Días después vino la invasión y todo se volvió oscuro. Murió mucha gente.
LP:Por un lado supe, sin lugar a dudas, que no podíamos regresar jamás al militarismo. Y por otro lado, llegar al convencimiento de que en Panamá había grandes problemas sociales que resolver. Por eso escribo y escribo sobre esos temas, la pérdida de valores, la corrupción…
LP:Panamá y Alemania son dos realidades, dos dimensiones diferentes. En Berlín la historia está presente. En Panamá todavía nos falta digerir lo que nos ha pasado. Aún así, creo que vamos por buen camino. Los panameños nos enfrentamos con grandes problemas y estamos tratando de reconstruirnos. Hay más interés por leer libros, por conectarse con el arte y la literatura mundial. Ya no somos, como en los años ochenta, cuando estábamos encerrados en nuestros problemas domésticos. Ahora hay un intento continuo por explicarnos a nosotros mismos, y por entender el universo.
Pulido se mete de manera inevitable en los fangos de la filosofía. Siendo que vive en Alemania no hay otra forma de construir una conversación.
LP:Ese es un tema bastante complicado. Poco se han dedicado a reflexionar sobre nosotros. Es que estamos fuera de su circuito de pensamiento. Esta indiferencia tal vez tiene su origen en Hegel, quien fue el que señaló que África, por no decir que Latinoamérica, no pertenecía a la Historia. Entonces ellos, los pensadores europeos, han adolecido, lastimosamente, de un etnocentrismo intelectual. Se observan demasiado el propio ombligo.
Literatura. La mesa gélida provoca distancias. Caen las primeras gotas. “El cielo está desmontando su gris ferretería”, escribió en algún momento Neruda, y tal vez estaba pensando en esta calle vacía del distrito Mitte, en la antigua Berlín comunista, cuando lo hizo.
Pulido Ritter se resiste a mostrarnos algo de lo que está en su gaveta, listo para publicar, pero logramos que entre en el tema que corona la charla.
LP:Si uno habla de Alemania, de Suecia, se está leyendo mucha novela criminal, de detectives…, de mafias. Es una manera de estar en la realidad cotidiana. Por otro lado, hay otro tipo de novela muy interior. Pero el gran público está enganchado con lo policíaco.
LP:Tal vez por eso mismo; estamos tanto tiempo encerrados, que leer novelas criminales es una forma de salir, de encontrar de ese modo los rayos del sol. La alta literatura, la clásica, se queda en la élite.
LP:En mi última novela hay unos personajes vinculados al narcotráfico. Pero no porque considere que ese sea el tema de actualidad, sino que me sirvió para hacer la reflexión literaria que necesitaba hacer en ese momento. Traté de vincular ambos mundos.
LP:Precisamente, algunos afirmaron que mi última novela es como un guión de cine. Lo cierto es que en parte quise hacer como aquel pintor que es más preciso y detallista que una propia fotografía, superarla. No se puede negar que, como escritores, somos hijos también de la imagen visual. Negarlo es mutilar la creación.
La última parte de la conversación gira de dirección. Primero porque es andando y, además, porque es Pulido Ritter el que hace las preguntas. A pie, recorriendo una de las márgenes del Spree, buscando la estación de trenes (Berlin Hauptbahnhof), quiere saber de la política nacional, de cómo fue la cobertura de las elecciones para el Bundestag (parlamento federal alemán) y qué tal las noches de juerga. “Hace mucho que yo no lo hago, ya soy un hombre casado, pero en mis tiempos la pasé bien”. Esta última frase le sale del alma, con ese acento panameño de los barrios, de joven travieso. Lo dice riéndose y aferrando con sus manos el grueso cinturón que le sujeta el negro pantalón.