La noche taciturna deshojaba la margarita roja. Pétalos rotos caían por el estadio, era la derrota y la tristeza.
Un fanático molesto reclamaba solo en la grada: “Ahora no podré traer a mi hijo a la final. Lo acabo de llamar para decirle. Se puso muy triste, porque quería venir al estadio”.
Pues no. No es esta la actitud del verdadero fanático. Ese niño que quiere ir al coliseo no puede depender de un resultado. El niño podrá ver el mejor fútbol de Centroamérica y entender por qué Panamá no despega.
Hay que darse cuenta del buen fundamento de Costa Rica y de Honduras, entender que ellos son mundialistas y que nosotros pagamos el precio de mil desatenciones de décadas pasadas.
No es fácil. Dentro de todo me tranquilizó ver la figura de Felipe Baloy, solo en la grama, dando la cara, aceptando su culpa. Sabe que falló, que la afición hoy lo critica, le cae encima, querían ese gol.
Pero Baloy no pudo. La tiró lejos de la red. Cometió el error de los grandes a la hora de medir ese arco, que se ve enorme, pero que se hace pequeño en los momentos en que la mente engaña al cuerpo.
Fueron tres cosas las que me hacen decir que tenemos equipo: esa atajada de Penedo al tiro tico, el estadio se volvió loco; el tiro de Gabriel Gómez, en una de sus “gavilanadas”; y esa salida de último del “capi”, que se quedó en el barco.
No sé usted. Si tiene razón para atacarlo como las cadenas de BlackBerry, de mi parte ningún reclamo. Yo lo disculpo. No fue cobarde.