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La alucinante magia de un pincel cubano
Manuel Orestes Nieto - Publicado:
A Eduardo Miguel Abela Torrás le he visto desarrollar su obra plástica a través de los años.En ascenso, en virtuosismo, con garra y geométrico crecimiento de su universo y sus historias, de sus invitaciones ingeniosas, de su mezcla de mundo y cubanía.De una reconocida estirpe de pintores, lleva la paleta en su sangre y en su cabeza el radar que capta los sutiles instantes que sugiere la realidad para armar la pieza y para transformar la observación en arte.Como en todo acto creativo, personal e intransferible, la alquimia de su emoción y de su técnica, su fino humor, sus laberintos experimentales y sus felices encuentros, le han permitido escudriñar, indagar, proponer y plasmar una obra ya imprescindible, limpia y admirable.La pintura cubana contemporánea, de las más sólidas del continente, tiene en Eduardo Abela Torrás una mano firme y un artista de grandes emociones e inexpugnable calidad.Espacio, lugar que ha sabido ganar, con fertilidad incesante, tenacidad y sentido de su propio horizonte.Obra Plástica que vive en la tela, la madera, el hierro y el cemento.En soportes múltiples que hablan de su espíritu vivaz e inquieto, que no se encasilla, que necesita hablar en varios idiomas y con varias lenguas.Eduardo Abela Torrás sabe hacia dónde y cómo transita su pintura.Sus largos períodos por los caminos del grabado han alimentado sus recursos y le han dado una crucial ventaja a su paleta de pintor, a la alucinante magia de su pincel que ha pasado por etapas diferencias de un mismo sello constructor.Desde nichos abiertos y personajes que se asoman desde ventanas, frutas y vitalidades hasta mujeres de delgadas manos, como pitonisas que nos dicen y nos sugieren, que discurren sin misterios en sus alardes tridimensionales, sus detalles de filigrana y sus vínculos explícitos con el arte universal como telón de fondo, entre juegos y malabares recurrentes que hacen de su pintura una permanente caja de sorpresas y mensajes de la vida que transcurre.Cruzando ya la medianía de la primera década del siglo XXI, sus conquistas de dibujo y color se tornan en lienzos sobradamente resueltos, vivaces y dinámicos, que señalan una fuerte explosión creativa que celebramos como un registró deliberado de su tiempo y un reconocimiento a su espacio caribeño, insular y cálido, a su cultura y las interacciones con la humanidad.Sobre Edy se cierne la certera profecía de que como sus ascendientes plásticos, como su abuelo y su padre, construirá una vasta obra, perdurable y trascendente, como el mar que circunda su Cuba natal y, particularmente, como La Habana, ese personaje de amor y ternura que recorre incesantemente su plástica y que nos ha ido entregando como un mural que se agiganta con el tiempo.Esta colección de imágenes de su pintura representa una muestra de sus aciertos, un despliegue convincente de sus telas y objetos pintados, que nos explican la feliz y vertiginosa evolución de su talento, en el milagro del fragor de los morteros de la creación auténtica.