DURANTE tres decenios, China ha estado creciendo a una tasa media anual de 9,8 por ciento. La mayoría de ese tiempo, los mercados mundiales fueron favorables, sin que hubiera una importante crisis o desaceleración económicas o financieras mundiales. Sí que hubo crisis regionales, como, por ejemplo, el desorden financiero del período 1997-1998 en el Asia sudoriental o el desplome de la burbuja de la vivienda en el Japón en 1990 y la burbuja de la tecnología avanzada en 2000, pero ninguna de ellas resultó ser un grave obstáculo para el largo auge de China.
Sin embargo, en los tres últimos meses ha habido una importante desaceleración en las exportaciones, la inversión interior, la producción industrial y los ingresos fiscales de China. Parece que se avecina una importante desaceleración. ¿Persistirá el rápido crecimiento de China?
Yo creo que sí. Dentro de China la desaceleración actual es en su mayor parte de origen interno. Desde 2004, el Gobierno de China ha procurado enfriar una economía recalentada reduciendo la tasa de crecimiento del 12 por ciento al 8-9 por ciento, más sostenible. Incluso empezó a gravar las exportaciones para reducir el superávit comercial.
Naturalmente, si las autoridades chinas hubieran podido predecir lo que ahora está ocurriendo en la economía mundial, podrían haber sido menos estrictas al intentar frenar el crecimiento, pero una razón por la que China ha podido mantener el crecimiento durante los treinta últimos años es la de que inició la intervención macroeconómica anticíclica durante los tiempos de auge, en lugar de esperar a un desplome. El Gobierno de China nunca creyó que debiera dejar exclusivamente en manos del mercado lo que ocurriese en la economía. Cuando no hay una gran burbuja, no hay necesidad de preocuparse por una gran crisis.
Otra razón por la que es probable que continúe el fuerte crecimiento de China es la de que sus fundamentos económicos son sólidos. Todos los factores que fomentan un gran crecimiento siguen presentes: bajos costos laborales, instrucción, grandes ahorros, mejoras de las infraestructuras y rápida urbanización. Además, la situación fiscal de China es una de las mejores del mundo. En los últimos decenios, los déficits estatales raras veces han superado el 3 por ciento del PIB y en los últimos años ha habido superávits. De hecho, la proporción de la deuda estatal respecto del PIB asciende al 20 por ciento, aproximadamente, frente a más del 80 por ciento en los Estados Unidos, 160 por ciento en el Japón y 60-90 por ciento en Europa.
El reciente plan de estímulo fiscal, que asciende a 568.000 millones de dólares y se dedicará a la ampliación de los ferrocarriles, la construcción de metros urbanos, programas de vivienda de bajo costo para los pobres, sistemas de riego, seguridad social rural y atención de salud, añadirá varios puntos porcentuales al crecimiento en los próximos años. Con la relajación de la política monetaria y algunos de los controles administrativos de la inversión y del gasto local, la desaceleración ha de ser breve.
Pero no todo son buenas noticias en la economía de China, porque el bajo consumo sigue siendo una gran deficiencia. En 2007, el consumo de las familias sólo representó el 34 por ciento del PIB y el consumo total ascendió a menos del 50 por ciento del PIB. Sin embargo, la deficiencia es institucional y no resulta fácil corregirla a corto plazo.
Así, pues, con su economía interna básicamente segura, ¿puede China hacer algo para ayudar a la economía mundial? Si China consigue mantener su crecimiento real en el 8 por ciento al año durante los dos próximos años, los mercados de los países en ascenso podrán crecer al 4 por ciento. Con eso se podría evitar que la economía mundial cayera en la recesión. De hecho, parece que ahora China puede desempeñar el papel de "eje del crecimiento".
Pero no se debe esperar que China haga mucho más. La estabilización financiera mundial, por ejemplo, no es algo en relación con lo cual pueda China hacer gran cosa para ayudar directamente. China desempeñó un papel pequeño en los mercados mundiales de derivados y no tiene demasiados activos tóxicos que limpiar ni bancos que salvar para descongelar las corrientes de crédito. Tal vez debiera China utilizar sus 1,9 billones de dólares en reservas oficiales para comprar más deuda exterior, pero esa enorme bolsa de activos está ya muy cargada con fondos soberanos, por lo que cualquier aumento sólo puede ser marginal.
Además, China probablemente no sea un país apropiado en este momento para desempeñar un papel fundamental en la reforma del sistema monetario y financiero mundial en 2009, porque aún no ha liberalizado del todo sus cuentas de capital y su sistema financiero. Así, pues, los negociadores chinos preferirían desempeñar un papel de apoyo y dejar a los demás países, desarrollados y en desarrollo, tomar la iniciativa en relación con la mayoría de las cuestiones referentes al control de riesgos y las reglamentaciones.
Pero sobre una cuestión sí que es probable que China levante la voz: la condición de divisa de reserva mundial del dólar de los EE.UU. En el pasado se ha criticado a China por manipular supuestamente su tipo de cambio, por no revalorizar su divisa tanto como lo exigían los EE.UU. Por esa razón, a China le gustaría que se hicieran modificaciones, por ejemplo, en el mandato del FMI o se añadiese un "capítulo" a su programa de trabajo para obligar a los Estados Unidos a tener una mayor disciplina en materia de masa monetaria y de acumulación de deuda. En opinión de China, no basta con limitarse a exigir a los demás que se adapten a la devaluación del dólar.
Como país en desarrollo que es, con una renta por habitante de 2.500 dólares de los EE.UU. y el 35 por ciento de su mano de obra aún dedicada a la agricultura, en la que los trabajadores sólo ganan 600 dólares al año, los problemas internos de China siguen siendo enormes. Así, pues, el desarrollo seguirá siendo la prioridad máxima, incluido el del propio mercado financiero de China.
La buena noticia es que China reconoce lo mucho que se ha beneficiado del paso a la economía de mercado y la apertura en los treinta últimos años. No hay vuelta atrás en su camino hacia la participación plena en el mercado mundial, pese a la crisis actual. De hecho, el autentico imperativo para China en el próximo año será el de encontrar formas de afrontar el proteccionismo en aumento a medida que la crisis financiera y la recesión económica haga aún más mella en sus principales mercados exteriores.