El salto cualitativo del populismo de Omar Torrijos al neoliberalismo marcó la distancia ideológica del programa económico que instrumentó el régimen presidido por Ernesto Pérez Balladares en el período 1994-1999. Aunque colaboró como director del IRHE y como Ministro de Hacienda en un gobierno que impulsó los asentamientos campesinos y las asambleas de corregimientos en la década de los setenta, Pérez Balladares abandonó el pasado populista para encarrilarse como fiel creyente de las políticas propugnadas por las instituciones financieras internacionales para modernizar la economía de los países emergentes.
En su último informe a la nación, Pérez Balladares puntualiza que "desde que se inició nuestra gestión, nos propusimos la implementación efectiva de lo que denominamos Modernización de la Administración Pública Panameña".
El gran desafío de Pérez Balladares fue cambiarle la mentalidad a productores nacionales acostumbrados al proteccionismo arancelario que había convertido a Panamá en un mercado cautivo, casi sin competidores foráneos. Asimismo se lanzó a la aventura de vender las principales empresas públicas a empresas privadas extranjeras con consecuencias que todavía no ofrecen resultados definitivos.
En verdad, Pérez Balladares se insertó en una nueva onda económica continental que metamorfoseó a políticos de origen populista como el mexicano Carlos Salinas de Gortari del PRI, al peronista argentino Carlos Menem y al sociólogo brasileño Fernando Henrique Cardoso en apologistas de la economía de mercado.
En vísperas de la conclusión de su gobierno, Pérez Balladares se vanagloria de las obras emprendidas para alcanzar la modernización; pero en una autocrítica sincera no podría cerrar los oídos a los gruñidos que se oyen en todas partes de América Latina por las consecuencias sociales del liberalismo económico, por el cual sacrificó la autoctonía ideológica del torrijismo primigenio.
A cambio de la pérdida de identidad política, Pérez Balladares exhibe una impresionante obra de modernización vial, quizás la más grande del siglo XX panameño.
Como constructor de carreteras deja el ensanche de la Carretera Interamericana; el Corredor Norte y el Corredor Sur; la autopista Panamá - Colón avanzada en tramos importantes, sin contar caminos transversales del interior. En materia portuaria encontró el puerto de contenedores de Manzanillo, y deja en proceso Coco Solo, inversión de capital taiwanés, y las renovadas instalaciones de Balboa y Cristóbal, inversión de una compañía china, Hutchison, que complementa el más moderno complejo portuario de la región. Con el complemento del nuevo ferrocarril de la empresa norteamericana Kansas Railway lega una red de infraestructura vial y portuaria que es, también, un alarde de eclecticismo de inversiones occidentales y orientales.
Abrir el mercado panameño a la globalización representa un dilema que enfrenta a los sectores económicos. Pérez Balladares deja un ardiente campo de batalla en que combaten productores agropecuarios y los importadores, industriales y comerciantes. Arancel es la palabra insidiosa que divide el campo y la ciudad. Al bajar los aranceles aduaneros buscó las reducciones de precios, la libertad de elección del consumidor, la inserción de la economía nacional a la economía internacional.
Sin embargo, las amas de casa se sienten defraudadas por las ficticias y efímeras rebajas de la canasta básica, mientras que los productores agropecuarios e industriales denuncian que los importadores se llenaron los bolsillos con ventajas que no beneficiaron a los consumidores, al par que a ellos los ha puesto al borde de la desaparición.
Las medidas arancelarias no toman en cuenta la importancia del valor agregado que representa la ocupación en el sector agropecuario, que es el sector primario, fundamento del empleo en un país de alto índice de desocupación en la región.
La división entre un país rural tradicional y un país urbano moderno agrava la distancia en la desigualdad del ingreso entre ricos y pobres, según estudios de la CEPAL, una de las más altas de América Latina. Esta es la tacha que oscurece a los gobiernos de Argentina, Brasil, Chile, México, Perú y otros, por supuesto, con peores indicadores que Panamá en cuanto a recesión, endeudamiento, desocupación, pauperismo.
Pérez Balladares abandona el poder cuando América Latina vira al reajuste del liberalismo privatizador y sub arancelario. Iracundas masas de trabajadores crujen las calles de Buenos Aires, Brasilia, Santiago, Lima, México, exigiendo el cambio de un régimen económico que estrangula el empleo y pone por las nubes los productos de primera necesidad.
Mientras los grandes bancos se fusionan y las empresas nacionales son engullidas por las megaempresas del mundo desarrollado, el hombre- masa padece el cruel descenso de la calidad de vida.
Pérez Balladares fue audaz en su avance por la desigual vía de la globalización, pero no fue sensible al impacto social de sus medidas en un país donde hay un millón de pobres. Consideró que la modernización económica tiene un costo social, y asumió el costo con la impasibilidad de un banquero neoyorquino, aunque con resultados políticos como el fracaso de su intento de reelección presidencial y la pérdida de las elecciones generales que debieron sumirlo en meditaciones profundas.
A pesar de los reveses políticos, decidió que sólo se invirtieran las utilidades y no el capital del Fondo Fiduciario para el Desarrollo. En otras palabras, ordenó el ahorro, medida severa, arguyendo que lo hacía a nombre de las generaciones futuras, pasando por alto que padres desnutridos engendran hijos desnutridos, es decir que para asegurar el futuro hay que defender el presente. Es un punto en el que no existirá acuerdo porque es hombre obstinado en la defensa de su criterio, y en él el banquero predomina sobre el líder social.
¿Su posición fue correcta en el Fondo Fiduciario, como en otros asuntos económicos de candente contenido polémico?
De Ernesto Pérez Balladares podría decirse muchas cosas, excepto que no fue hombre de acción. Tomó decisiones desde el primero hasta el último día de gobierno. Cuando amainen las pasiones políticas y se pueda cotejar su obra con la administración que se inicia, entonces, serenamente, podremos decir la última palabra sobre su política económica. Ya el tiempo de la historia empezó a correr.