Yasuo Fukuda no lleva puestos una túnica verde y un sombrero de fieltro que hace juego. Ello no ha impedido que el primer ministro de Japón se dé aires de un Robin Hood moderno.
Fukuda está siguiendo la letra del héroe popular inglés famoso por robar a los ricos y dar a los pobres. Fukuda pretende transferir 2,6 billones de yenes ($23.200 millones) de ingresos de impuestos corporativos para ayudar a reducir las disparidades económicas entre las zonas urbanas y rurales.
Ahora bien, al menos de manera superficial, puede haber alguna lógica en una transferencia de esa naturaleza.
"La gente no vive solo en ciudades'', dijo Fukuda en un discurso del 1 de octubre. "En virtud del concepto de cooperación mutua, según la cual las regiones y las ciudades locales se ayudan entre sí, transferiremos más poder a las gobernaciones locales para que se elabore un sistema que les permita a las regiones locales explorar ideas por sus propios medios e implementarlas, y nos esforzaremos para que haya reformas impositivas y financieras de manera que las regiones locales también se vuelvan financieramente independientes''.
El verdadero problema de Japón es que su recuperación más prolongada desde la Segunda Guerra Mundial no está engordando los salarios o acelerando la creación de nuevas empresas. Japón tiene su cuota de innovación. De hecho, una encuesta de 82 países hecha en junio por el Economist Group declaró a Japón el país más innovador del mundo en virtud de su cantidad de patentes por cada millón de habitantes. Posee nombres como Canon Inc., Toyota Motor Corp. Fanuc Ltd., Advantest Corp.