El mexicano Sergio Flores se reencuentra con el novillo que indultó Colombia


Eran las 10 de la mañana y el sol impactaba con fuerza. Sergio Flores había salido del hotel para la plaza de Cañaveralejo, en la ciudad colombiana de Cali, y se quejaba de la temperatura.


"¡Qué fuerte es el verano!", decía el torero más acostumbrado al frío de la altura de su natal Tlaxcala, México, a 2.900 metros sobre el nivel del mar.


Sin embargo, la cara de Flores brillaba de otra forma. Y no por el buen clima. La noche anterior (25 de diciembre) había sumado una de sus nuevas conquistas. La afición de Cañaveralejo.

 

Pero más allá que ir a darse coba entre los taurinos que frecuentan los corrales de Cañaveralejo, Sergio fue a la plaza con un solo propósito. Reencontrarse con el novillo que le entregó su bravura y le regaló la puerta del "Señor de los Cristales".


Atravesó el parqueadero saludando de afán. Abrió las pesadas puertas de madera de los corrales hasta que encontró a "Pascual". Allí estaba, debajo de un tejadillo, con la mirada cansada, pero vivo.


En su morrillo se apreciaban las secuelas de las heridas de la lucha ya recuperadas. Volvieron a mirarse. Sergio no atinaba a pronunciar palabras. Solo caminaba y trataba de acercarse. Y Pascual parecía aceptar la presencia del torero, como si se tratara de un viejo conocido.

 

"Es primer toro que indulto. Tengo muchos novillos en mi cabeza, en el recuerdo. Te confieso que 'Pascual' está entre los tres primeros. Se quedará en mi mente y creo que no lo voy a olvidar", confesaba Sergio.


Mientras "Pascual" miraba de reojo, Flores recordaba cómo había sido su relación con el bravo novillo de Salento.


"Desde las primeras arrancadas supe que sería un toro extraordinario, pero jamás me imaginé que pudiera llegar a indultarlo (...) si hubo algo entre los dos, fue entrega. Una entrega total. Cuando de verdad le exigía, fue cuando 'Pascual' respondió mejor".

 

Si hubo un momento que lo impactó mucho fue esa serie de mitad de faena en la que, sin mover sus músculos, y con un trazo de figura del toreo, ligó muletazos que parecían interminables. "Lo estaba sometiendo, muy por abajo, y el novillo respondía de forma impresionante. ¡Fueron cuatro, cinco, seis, hasta siete muletazos!", deja escapar Sergio con emoción.


Para Flores, cuajar un toro y colofonar una obra con la espada es la mejor sensación. Pero la que vivió este 25 de diciembre en Cali, cuando no tuvo que usar la espada porque el público aclamó el indulto, es una emoción superior.


"Ver un toro que te entregó sus bondades y lo ves ahí, que va a vivir, me da mucho más placer. Él me ayudó a triunfar y nosotros lo ayudaremos a que tenga una vida de lo más placentera", señaló.

 

Fue un reencuentro breve, pues "Pascual" estaba a punto de ser embarcado en el camión que lo llevará de vuelta a ese paraíso ubicado en el rincón del Quindío (centro) donde se levantan las palmas de cera (árbol insignia de Colombia) para albergar a los toros bravos de Salento.


Pero fue un reencuentro intenso. Tan intenso como el que tuvieron en el ruedo de Cañaveralejo, donde ambos se conocieron y se retaron, y del que ambos se despidieron triunfadores.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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