La localidad chilena de Parral, el pueblo en el que nació el poeta Pablo Neruda, se mantiene a duras penas en pie tras el terremoto que asoló el país y que, tras una fachada de aparente normalidad, ha dejado más de la mitad de sus casas derruidas.
Después de cinco días del fuerte sismo, en este pueblo del interior de la región del Maule, de unos 40.000 habitantes, reina una tranquilidad absoluta, y a simple vista sólo los montones de escombros que colapsan las veredas muestran la magnitud de lo que ocurrió.
La mayoría de las casas sigue en pie, aunque en su interior están derruidas y son inhabitables.
A ellas se suman las que directamente quedaron reducidas a un montón de restos de madera y adobe.
En total, se estima que un 60% de las viviendas están destrozadas, y hasta un 90% quedaron afectadas por el sismo de 8,8 grados en la escala Richter.
Como ocurre en casi todos los pueblos de este país, que tienen una baja densidad de población y una elevada probabilidad de sufrir violentos sismos, las viviendas son de una sola planta, lo que evita que sus derrumbes sean más tumultuosos.
Por eso, la casa donde antes se asentó la vivienda de Pablo Neruda sí resistió los embates del temblor.
En la calle Pablo Neruda, una vivienda de color blanco protegida por una verja negra ocupa el lugar donde se alzó la casa natal del premio Nobel de literatura, que sin embargo pasó la mayor parte de su infancia en Temuco, unos 200 kilómetros más al sur.
También, como en la mayoría de pueblos, en Parral hay una plaza de Armas, centro neurálgico de la vida local, donde hoy una fila ordenada de vecinos esperaba comprar pan, huevos y leche traídos por los habitantes de la cercana Villa Baviera.
Wilson Ceroni y Jessica Salazar, un matrimonio de mediana edad, se acercaron para adquirir algunos víveres.
"Estamos dejando espacio para la gente que más lo necesita", explica Ceroni al ser preguntado por la ayuda del Gobierno.
También Verónica Campos, de 35 años, espera comprar algunos productos, que están vendiendo a un tercio de su precio habitual.
"La gente que está en el campo está un poco mejor, porque tienen cosas guardadas, pero nosotros lo tenemos que comprar todo", cuenta.
Esta vecina explica que en el pueblo queda poca gente, sólo tres familias en su cuadra, porque muchos huyeron a casas de familiares, a albergues o a carpas a la intemperie, donde ella misma durmió un par de noches.
Al contrario de lo que sucede en otras localidades de la región, en Parral la presencia de militares pasa casi desapercibida, mientras la ayuda comienza a distribuirse de forma ordenada y constante.
En los colegios ofrecen desayuno a aquel que lo requiera, y las familias que han perdido casi todo reciben lotes de alimentos a partir de una lista de afectados que elaboró la Municipalidad en colaboración con otros organismos.
Así lo explica Jennifer Parada, una joven que trabaja en el Centro de Educación Integrada de Adultos, donde se acumula toda la ayuda.
Tanto el Gobierno como otras organizaciones sociales se han volcado para mitigar los efectos de esta catástrofe.
Ayer mismo llegó un camión con una tonelada de alimentos y hoy se espera el arribo de otro con cinco toneladas más, ambos enviados por la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, el centro de estudios público más prestigioso del país.
Mientras tanto, los parralinos esperan que todo vuelva poco a poco a la normalidad, aunque el pueblo de Pablo Neruda tardará mucho en levantar todo lo que quedó derruido tras sus fachadas.