Hervideros de intrigas


Los cónclaves solían ser también hervideros de intrigas políticas y corrupción.
En sus memorias, Pío II, uno de los papas del Renacimiento, evocaba disgustado las confabulaciones en el cónclave de 1458 en que resultó elegido.
El cónclave de 1484 no fue mucho mejor. El hombre al que proclamaron como Inocencio VIII sobornó a los electores firmando sus promociones en su celda la noche anterior a la votación decisiva.
Los incentivos fueron menos disimulados en 1492 en la elección de Alejandro VI, de la familia Borgia. El español mundano e implacable que tenía ocho hijos ilegítimos de tres mujeres cuando ascendió al trono de Pedro repartió docenas de prebendas -abadías, fortalezas, pueblos, obispados- para asegurarse los votos.
Durante siglos, los monarcas católicos de Europa se atribuyeron la prerrogativa de vetar candidatos y se hizo rutinario
En los últimos años, debido a la internacionalización creciente del colegio de cardenales, se ha vuelto cada vez más difícil predecir el resultado de un cónclave.
A comienzos del siglo XX, tres cuartas partes de los cardenales eran italianos: 31 sobre 41 y, de los 10 restantes nueve, eran de otros países europeos.
Después del consistorio de 1991 los cardenales europeos dejaron de controlar la mayoría del cónclave.
La elección de un Papa debe desarrollarse al margen de toda presión en un cónclave (cum clave: con llave), que les garantiza estar cortados del mundo externo.
Ese aislamiento existe desde 1271 cuando los cardenales no lograban ponerse de acuerdo para nombrar a un Papa y los católicos de Viterbo (Italia) los encerraron con llave manteniéndolos a pan y agua para incitarlos a decidir más rápidamente.
El elegido, Gregorio X, convirtió esa práctica en regla, con excepción del pan y el agua.
Actualmente, los cardenales electores permanecen igualmente aislados, pero asistidos por un cocinero y un médico.
Juan Pablo II decidió en febrero de 1996 que los grandes electores podrán utilizar una residencia muy cercana a la basílica San Pedro capaz de albergar a los 120 cardenales en pequeños apartamentos con todas las comodidades.
Hasta el último cónclave de 1978, los príncipes de la Iglesia se instalaban en el palacio apostólico en condiciones muy poco confortables.
Los cardenales entran en cónclave 15 días como mínimo o 20 como máximo después de la muerte de un Papa.
Pasan en cortejo de la Capilla Paulina a la Capilla Sixtina y detrás de ellos se cierran enseguida las puertas y se aguardan las llaves.
Los cardenales no tienen derecho a votar por su propia candidatura y, además, cada uno debe jurar que respetará el secreto del voto y aceptará el resultado.
Juran también que cualquiera de ellos que sea elegido, nunca renunciará a reivindicar la plenitud de los derechos del pontífice romano.
El voto tiene lugar en la Capilla Sixtina con dos escrutinios matinales y dos vespertinos.
Las papeletas de voto son quemadas. La incineración de esos papeles, gracias a un combustible pesado, produce el humo negro que sale por la chimenea del Vaticano cada vez que el voto arroja un resultado insuficiente.
Resulta elegido el cardenal que obtiene dos tercios de los votos más uno.
Conocido el resultado, el decano de los cardenales le pregunta al electo si acepta y, en caso afirmativo, éste queda automáticamente nombrado Papa y su jurisdicción se extiende de inmediato a todos los católicos del mundo entero.
El elegido debe entonces anunciar públicamente el nombre que utilizará como pontífice.
Terminado ese proceso, por la chimenea del Vaticano sale un humo blanco que anuncia el resultado de la elección.
Eufóricos por el desenlace, la masa de católicos que se congrega a diario en la Plaza de San Pedro proclama a gritos la noticia: "Habemus Papa" ("Tenemos Papa").


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191513
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América