Nunca antes en la historia de Brasil hubo un presidente como Lula
Río de Janeiro, 29 sep (EFE).- Luiz Inácio Lula da Silva, un obrero metalúrgico de origen humilde que fue líder sindical y de la oposición durante dos décadas antes de llegar al poder, acapara la escena política brasileña con una popularidad como nunca antes tuvo un presidente en este país.
Su influencia puede continuar tras ocho años de Gobierno ya que este tornero mecánico nacido el 27 de octubre de 1945 en Garanhuns, municipio del pobre estado de Pernambuco (nordeste), probablemente será sucedido por su apadrinada, la ex ministra Dilma Rousseff, si se confirman las encuestas para las elecciones del domingo.
Lula, que suele restarle méritos a sus antecesores al subrayar hasta el cansancio en sus discursos que "nunca antes en la historia de este país..." alguien hizo tanto por Brasil como él, ha sido realmente, y descontadas sus exageraciones, un presidente sin par.
Pese a que, como le recuerdan sus opositores y la prensa, no fue él quien descubrió Brasil, nunca antes el mayor país latinoamericano fue gobernado por un obrero procedente de esta región paupérrima, que ni terminó la escuela primaria.
Tampoco nunca antes un presidente había concluido dos mandatos con una popularidad tan alta, cercana al 80% y con su candidata como favorita a sucederle con cerca del 50% de las intenciones de voto.
Igualmente, nunca un jefe de Estado salió ileso políticamente de sonados escándalos de corrupción que derribaron a los principales líderes de su partido y le costaron el cargo a sus dos hombres de confianza, los entonces ministros José Dirceu (Presidencia) y Antonio Palocci (Hacienda).
Tampoco nunca un presidente brasileño gobernó con el apoyo de aliados a los que en el pasado calificaba de corruptos, como los ex mandatarios José Sarney y Fernando Collor, y de partidos que consideraba como lo peor de la política nacional.
De la misma manera, ningún Gobierno había conseguido que 30 millones de brasileños ascendieran de la clase baja a la media ni generar 15 millones de nuevos empleos formales en ocho años, según las cuentas oficiales.
Tampoco ningún presidente había amenazado con expulsar a un corresponsal extranjero que le atribuyó problemas con el alcohol ni ningún Gobierno democrático había debatido tanto medidas para intentar controlar a los medios de comunicación.
Por la coyuntura internacional que le ha tocado, ningún gobernante consiguió darle tanto peso a Brasil en el exterior y ponerlo como líder de los emergentes, hasta el punto de que el presidente estadounidense, Barack Obama, le dijo en la cumbre del G-20 en Londres el año pasado: "That's my man" (Este es mi hombre) y lo definió como "el político más popular de la tierra".
El año pasado, Lula fue elegido "personaje iberoamericano del año" por el diario español El País y "personalidad del año" por el francés Le Monde, y fue incluido en la lista de las 50 personalidades de la década por el británico Financial Times.
Ello pese a su firme defensa, también inédita para mandatarios brasileños, de gobiernos cuestionados internacionalmente como el cubano de Raul Castro, el del venezolano Hugo Chávez o el del iraní Mahmud Ahmadineyad.
Lula debe ese reconocimiento interno y externo a su pragmatismo, a su capacidad conciliadora y a una habilidad política que le ha permitido dejar atrás la imagen de radical que él mismo se había forjado como un barbudo sindicalista.
Con esa misma habilidad ascendió socialmente tras establecerse en su infancia en Sao Paulo, huyendo de la miseria en el nordeste, donde lo crió su madre junto con siete hermanos.
Después de trabajar como limpiabotas, mensajero y bodeguero, Lula hizo un curso de tornero mecánico que le permitió trabajar como metalúrgico.
Demostró su habilidad política como sindicalista desde 1969 y, diez años después, como presidente del Sindicato de Metalúrgicos de Sao Bernardo do Campo, lideró una huelga que puso en jaque al régimen militar (1964-1985) y que le costó 31 días de cárcel.
En 1980 participó en la fundación de la Central Única de Trabajadores (CUT) y del Partido de los Trabajadores (PT), con los que consolidó su imagen radical, opuesto al FMI y al pago de la deuda externa, postura que hizo temblar a los mercados antes de su primera elección.
Tres veces derrotado en las presidenciales (1989, 1994 y 1998), Lula dejó de lado su radicalismo para prometer la continuidad de la política económica del entonces presidente Fernando Henrique Cardoso y así ganó las elecciones de 2002.
Reelegido en 2006, mostró el mismo pragmatismo para montar una variopinta alianza de partidos también nunca antes vista en el país, que le permitió garantizar la gobernabilidad y que ha repetido este año para tratar de imponer en las urnas a su sucesora.