Los campos en las faldas del volcán ecuatoriano Tungurahua son, desde la reactivación del coloso el 20 de abril, un mar de cenizas que cubre los cultivos de los aldeanos, dueños en su mayoría de un pequeño pedazo de tierra y algunos animales y que ahora lloran la pérdida de sus cosechas.
Miguel Freire, cubierto con una mascarilla, sacude una planta de patatas y todo se llena de una polvareda blanca.
Lo que debería ser abono es ahora una capa de ácida ceniza, que acabó con los cultivos, aunque no se disponen de datos del alcance total de los daños provocados en la región.