Con un estruendoso rugido, los camuflados camiones militares salen de la base, mientras los soldados mexicanos a bordo ajustan sus pasamontañas y se aferran a sus fusiles Heckler & Koch G3.
El convoy de tres camiones se distancia de la base para patrullar la árida y montañosa región en el estado occidental de Michoacán, cuando suena dentro de uno de ellos una radio con la frase “Tres R's, de 53”: Tres vehículos del ejército están yendo hacia ustedes.
Pero no era la voz de ningún soldado, sino de un miembro de los “Caballeros Templarios”, un cartel narcotraficante cuasirreligioso que controla la zona y, de hecho, casi todo el estado. Tiene una red de espías que vigila los movimientos de los militares y de la Policía a toda hora.
El Gobierno eliminó a la cúpula del cartel anterior, “La Familia Michoacana”, pero otra agrupación, denominada los “Caballeros Templarios”, pasó a controlar la zona.
Los soldados dicen que no pueden hacer mucho ante un adversario que se infiltra entre la población, y que cuando logran asestarle un golpe a la organización, la misma está tan profesionalizada y jerarquizada que sin mucho contratiempo se recupera.