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Madre hondureña se reencuentra con sus dos hijas luego de once años

La madre llegó temprano al Aeropuerto Internacional de Miami, se paseó por el salón de reclamo de equipajes hasta que la vio.


Datos
  • Víctima de la violencia
  • Anita, entonces de 13 años, fue violada por un miembro de la pandilla Mara 18, dicen ella y su madre. Nueve meses después nació Emily, y la pandilla seguía acosándola. Anita dice que fue a la Policía, pero cree que no tomaron su denuncia.
  • Ley
  • Los jueces de inmigración no siempre aceptan la violencia pandillera o la violación como fundamentos para otorgar asilo.
  • Papeles
  • Anita y Nicole, e indirectamente Emily, podrían cumplir los requisitos para una visa especial para jóvenes víctimas de abandono o abuso, pero para ello deberían obtener mucha documentación de su país de origen.
  • Anhelo
  • En Honduras, Anita esperaba tener algún día su propio salón de belleza o una cafetería. Ahora quiere volver a la escuela.

La madre llegó temprano al Aeropuerto Internacional de Miami, se paseó por el salón de reclamo de equipajes hasta que la vio.

Denia Zelaya se había despedido de su hija mayor 11 años antes. Una mañana de 2004 besó la cabeza de Anita dormida y salió de la casa sin hacer ruido.

 

“No le dije adiós”, recordó la madre. “Sabía que si despertaba, yo ya no iba a poder ir”, agregó.

Anita tenía 6 años y su hermana menor, Nicole, menos de 3. Pero Zelaya había tomado su decisión: huir de las violentas pandillas de su Honduras natal, ir a Estados Unidos y conseguir trabajo.

En abril, Nicole, que ahora tiene 12 años, cruzó a salvo la frontera a Texas y siguió viaje a Miami. Entonces, Anita, de 16, emprendió la travesía con su propia hija Emily, de tres años, la nieta que Zelaya no conocía.

 

El 18 de julio, en el aeropuerto, Zelaya miraba la foto de Anita en su celular, temerosa de no reconocerla. Entonces sus ojos se posaron en una figura distante, una joven con una infante en brazos. A medida que la chica se acercaba, Zelaya se vio como en un espejo: grandes ojos castaños, pelo ensortijado, sonrisa tímida.

Por un instante le pareció que la distancia no se acortaba. Entonces atrajo a su hija y su nieta y las abrazó. Anita enterró la cara en el pelo de su madre, y de su garganta brotó un sollozo.

Son una familia, y en un sentido una de las más afortunadas. Mientras miles de niños centroamericanos cruzaban la frontera, huyendo de la violencia, buscando a sus familias y una nueva vida en Estados Unidos, esta familia pudo reencontrarse.

 

Todas las familias tienen el mismo objetivo: reunirse y dejar atrás las penurias. Pero ahora hay que aprender a moverse en un sistema legal complejo, afrontar los problemas económicos y un país desconocido. A lo cual se suma la difícil tarea de volver a ser familia.

Y en el trasfondo se surge la posibilidad ominosa de que la reunión sea breve: la orden de deportación es más probable que el asilo.

Zelaya vive en situación ilegal. Durante 10 años trabajó en restaurantes y últimamente en un hotel del aeropuerto.

 

Jorge Rivera, un abogado de inmigración, ha aceptado tomar el caso de Anita sin cobrar, pero les ha advertido que no hay garantías. Una organización hondureña sin fines de lucro ayuda a Nicole.

Anita aguarda la fecha de su audiencia de inmigración; la de Nicole será en enero.


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940284
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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