Una pequeña clínica de masajes de la capital mexicana, compuesta íntegramente por profesionales ciegos, proporciona, desde hace cincuenta años, a los habitantes alivio a los dolores musculares y el estrés que provoca una metrópoli de 20 millones de almas.
Diariamente, del orden de entre 20 y 30 personas de todas las edades acuden al Centro Histórico de la urbe en busca de alivio y curación para luxaciones, parálisis faciales, tensión emocional y problemas menores de columna.
"Lo hacemos de manera profesional y a bajo costo para niños, jóvenes y personas adultas", explicó el masoterapeuta Guillermo Frías, que trabaja desde hace seis años en el centro "Dr. Alfonso Herrera". Ocho son los masajistas que se afanan en su labor, orgullosos de desempeñar un empleo digno y no tener que pedir limosna, como muchos otros con deficiencias visuales graves.
A sus puertas llegan principalmente jóvenes, "para relajarse de las molestias que les provoca el estrés del trabajo, el tráfico y las presiones de esta caótica ciudad", añadió.
La clínica requiere que sus terapeutas cuenten con el título de Técnico Profesional en Masoterapia (rehabilitación mediante masaje), que imparte la Escuela Nacional de Ciegos.
Quiropráctica, acupuntura y fisioterapia son algunas de las técnicas que emplean, apuntó otro de los profesionales, Leonardo Guayuca Peralta quien decidió estudiar la carrera por motivos de superación personal.
Don Justo es uno de los masajistas más antiguos del centro. Actualmente atiende a un solo paciente por día, aunque cuenta con un grupo fiel de clientes desde hace más de 20 años.
Don Justo tiene sus propias técnicas con calor húmedo, especialmente para los pacientes que buscan "un poco de relajación" o con un pequeño motor antiguo para aquellos que manifiestan algunos dolores mínimos de espalda.