La visita en mayo del Papa Benedicto XVI a Tierra Santa será el reencuentro de dos teocracias, la del Estado del Vaticano y la del Estado de Israel, cuya relación arrastra cuentas pendientes de un pasado borrascoso.
Aunque su proceso de creación fue distinto, el Estado pontificio y el judío son los únicos del planeta, con la República Islámica de Irán, que remiten su origen a la voluntad divina, lo que les ha llevado a asumir posturas a veces irreconciliables.
La última fricción se ha producido esta semana con motivo de la Conferencia Contra el Racismo organizada por Naciones Unidas en Ginebra, en la que se escenificó de nuevo el profundo recelo que subsiste bajo las buenas palabras entre ambos estados.
En Israel se había cuestionado la presencia del Vaticano en la cita, boicoteada entre otros países por el Estado judío.