Los polacos ya le dicen Juan Pablo el Grande.
A lo largo de todo el país fuertemente católico, los fieles demuestran su alegría y orgullo a medida que se acerca la beatificación, el domingo, del Papa Juan Pablo II, de origen polaco.
Muchos peregrinos están tomando autobuses y trenes para el viaje de unas 30 horas hasta Roma para asistir a la ceremonia. Se espera que grandes multitudes colmen plazas en Varsovia y Cracovia, así como de Wadowice, su ciudad natal, donde seguirán los actos en grandes pantallas de video.
El ambiente de celebración contrasta con el profundo luto que trajo el deceso de Juan Pablo II en el 2005. En ese entonces, por todas partes revoloteaban cintas negras. Las iglesias repletas mostraban el dolor generalizado que infundió al país la pérdida de su autoridad moral más respetada, pues fue una figura a la que se le dio crédito como uno de los factores clave para poner fin al gobierno comunista en Polonia.
Ahora, muchos repiten un estribillo común: que la beatificación es en gran medida una formalidad, porque los polacos ya consideraban a su hijo nativo como el hombre más sagrado.
La beatificación es el último paso formal antes una posible santificación, y muchos en Polonia esperan que la beatificación rápida sea seguida por una canonización rápida también.