Octaviano Palacio, su esposa y sus seis hijos corrieron a la iglesia para refugiarse de los combates entre rebeldes y paramilitares, pero el santuario se convirtió en una trampa mortal para su familia y decenas de habitantes de una olvidada aldea del noroeste colombiano.
Este agricultor , de 50 años, reconstruyó los hechos que dejaron 117 muertos y 95 heridos. Recordó que el jueves pasado iniciaban su segundo día de refugio en la iglesia de Bojayá cuando hacia las 11 de la mañana sintieron los combates muy cerca.
Se tiraron al suelo, como lo habían hecho varias veces durante esas largas horas en las que permanecieron junto a otras 300 personas sin comida ni bebida en el templo religioso, el único edificio de concreto de este pueblo a orillas del río Atrato, a unos 380 kilómetros al noroeste de Bogotá.
La pipeta (cilindro de gas relleno de explosivos) entró por el techo. Se sintió como un trueno, luego candela (fuego) y después se sacudió la tierra"", dijo tratando de describir el momento que le cambió la vida.
222Los guerrilleros disputan con los paramilitares el dominio territorial de esta zona abandonada, a la que los actores armados consideran corredor estratégico para ingresar armas y sacar drogas.
Quedó como sonámbulo"" por el impacto físico y sicológico que le causó el cilindro lanzado por las FARC.
Cuando recobré el sentido, busqué con la mirada a mi mujer y vi que estaba muerta. Ni siquiera la tapé"", recordó. 31 años de matrimonio y 10 hijos. Ya ella muerta, solo pensé en salvar a los hijos"", agregó. Sin embargo, dos de los seis hijos que lo acompañaban murieron.
Saltando sobre cadáveres, cuerpos destrozados y heridos, encontró a tres de sus hijos, quienes habían huido de la iglesia a pesar de las balas de los combatientes, como hicieron muchos de los refugiados en el ataque de pánico y desesperación.
Luego se internaron en la selva que circunda Bojayá. Durante tres días vivieron debajo de los árboles, soportando las lluvias torrenciales de las selvas tropicales y las heridas en el cuerpo y el alma.
El domingo, tres días después de la explosión, gente del pueblo que estaba buscando a los desaparecidos encontró a Palacio y sus hijos y otras personas que decidieron refugiarse en la tupida vegetación.