La modernidad, el cambio de hábitos y la tecnología amenazan la supervivencia de algunos oficios que datan de la época colonial y que formaban parte de la estampa costumbrista mexicana como el de organillero, merolico (curandero) o vendedor ambulante de dulces tradicionales como los camoteros y merengueros.
La caótica y estresante Ciudad de México ya no tiene espacio para ellos ni para afiladores, carboneros, lecheros, o veladores (serenos), aunque unos pocos luchan aún por mantener la tradición contra la indiferencia y la poca demanda de los 19 millones de habitantes de la capital y su área metropolitana.
La gente de más edad, que disfrutó de sus peculiares sonidos, sabores y servicios, ve con nostalgia la paulatina desaparición de estos personajes urbanos, que todavía ejercen -no sin dificultad- en algunos barrios populares, mercados o plazuelas.